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sábado, 22 de diciembre de 2018

¡QUÉ BELLA HISTORIA! 21 diciembre




¡QUÉ BELLA HISTORIA!

(ÚLTIMO CAPÍTULO DEL DEVOCIONAL)



Por Susan Bixby

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 24:44-49 – Apocalipsis 21:1-8

¡Hemos hecho un largo viaje en tan solo 20 capítulos! En el texto de hoy escuchamos las palabras de Jesús cuando dice que era necesario que todo esto sucediera para cumplir lo que se prometió en Génesis, los salmos, y los profetas. El Gran Escritor planificó la trama, acomodó la escenografía, puso en juego a los protagonistas, y llevó a su clímax la historia.

Pero ¿ha terminado la historia? ¿Qué dice Jesús en este pasaje de Lucas? «Así está escrito, que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén» (VV. 46-47).

Jesús dejó para cada uno de sus seguidores objetivos e instrucciones claras. Él dio a conocer su voluntad y su deseo para el mundo. Cristo desea que todas las naciones escuchen del arrepentimiento para el perdón de pecados. Hay tres elementos de este pasaje que nos ayudan a entender esta tarea que nos dejó, y cómo llevarlo a cabo:

1. «Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras» (V. 45). Jesús conocía la urgente necesidad que sus discípulos tenían, y que tú y yo tenemos, de comprender las Escrituras. Necesitamos que Dios abra nuestra mente para comprender la Palabra.


2. «Que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados, a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén» (V. 47). Es sumamente importante el contenido de lo que creemos y predicamos. Cualquier creencia religiosa o mensaje compartido que no tiene a la muerte y resurrección de Cristo como su centro, y la fe y arrepentimiento como su respuesta, es deficiente o falso. Debemos predicar este mensaje empezando desde nuestro Jerusalén. Si no predicamos y testificamos en casa, no podremos alcanzar a las naciones.

3. «Yo enviaré sobre vosotros la promesa de mi Padre» (V. 49) Ya sabes a cuál promesa se refiere Jesús, ¿verdad? En Ezequiel 36:27 Jehová dijo, «pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos». Jesús también había prometido Su Espíritu a sus discípulos en Juan 14:16-17. El Espíritu Santo es el que nos habilita para predicar. Nada podremos hacer sin Él. ¡Gracias a Dios por este don que nos da cuando nos arrepentimos con fe en la obra de Cristo!

¿Cómo termina la historia? ¡Aún no termina!

Todos aquellos que crean la buena noticia del Evangelio, no solo recibirán un nuevo corazón, sino que también habitarán en una nueva tierra. Te invito a que leas Apocalipsis 21:1-8 para darle un vistazo a cómo luce ese lugar.

Dios nos llevará de vuelta al jardín de donde salimos. Él restaurará todas las cosas y nos llevará a una ciudad donde no habrá muerte, lágrimas, ni dolor. Allí viviremos en perfecta comunión con Él por toda la eternidad porque Él habitará entre nosotros y será nuestro pueblo. ¡La alabanza a Dios será nuestra canción perpetua! Lo único que tendrá fin es la muerte, porque la historia de Dios será una de gozo por toda la eternidad.

REFLEXIONA


• Ver lo grande que es Dios y su plan nos puede ayudar a entender lo pequeñas que somos nosotras. ¿Te sientes más pequeña al meditar en esta bella historia? ¿Te humilla saber que no mereces tener parte de ella?

• ¿Hay personas a tu alrededor, familiares, vecinos, o compañeros de estudios o trabajo, que no conocen el arrepentimiento y perdón de pecados? ¿Estás siendo «testigo de estas cosas» delante de ellos? ¿Qué podrías hacer hoy para tomar el siguiente paso en cada relación?

• Fija tu mente en la visión de Apocalipsis 21, del nuevo cielo y la nueva tierra, de habitar con Dios en armonía sin pecado y sin lágrimas. ¿Cómo pensar así de la eternidad le da una mejor perspectiva a tus días?








jueves, 20 de diciembre de 2018

MUCHO MÁS QUE EL «NIÑO JESÚS» 20 diciembre




MUCHO MÁS QUE EL «NIÑO JESÚS»



Por Betsy Gómez

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 2:4


Creo que no existe un momento más tierno que cuando tienes a un bebé recién nacido en tus brazos. Todavía recuerdo las caritas diminutas de mis hijos cuando los vi por primera vez. Tengo grabado en mi memoria el olor de sus cabecitas delicadas y la suavidad de sus piecitos. Repaso esa sensación cada vez que visito a una amiga que ha dado a luz. No creo que haya algo más encantador que ver a un ser humano en miniatura recién salido del horno. Es que los bebés tienen un atractivo para el corazón maternal que nos deja embelesadas, de hecho, cuando estamos frente a ellos hacemos gestos y sonidos que no haríamos en condiciones normales. Simplemente es demasiada belleza y ternura para ser resistida.

Algo similar pudiera sucedernos cuando nos acercamos a la narrativa de la natividad. El Salvador del mundo envuelto en pañales es una imagen tan tierna que pudiéramos quedarnos ahí suspendidas con la idea del «niño Jesús». Es tanto así que en muchos de nuestros países hispanos, las personas prefieren la imagen de un bebé santo y le celebran como si aún fuese un recién nacido.

Me pregunto si pudiéramos estar tan deslumbradas con lo hermoso de la época y por la imagen tan pulida del pesebre que lleguemos al punto de perder de vista que este acontecimiento fue solo una pieza de un rompecabezas más grande. ¿Pudiéramos estar enternecidas con la idea del «niño Jesús» que ignoremos el resto de su vida? La historia de la natividad fue solo el inicio del plan de rescate de Dios. Si solo nos quedamos fascinadas con el bebé y no miramos hacia delante correremos el riesgo de perder el eslabón que conecta al coro angelical «gloria a Dios en las alturas», con el suspiro agonizante «consumado es».

La obediencia perfecta de Cristo en nuestro lugar es el eslabón que une la ternura del pesebre y la agonía de la cruz. En Lucas 2, vemos de cerca el nacimiento de Jesús e inmediatamente leemos cómo el bebé se convirtió en un niño que crecía en gracia y sabiduría; cumpliendo todo conforme a la ley del Señor. Y solo hay que avanzar unos cuantos capítulos para observar al adolescente convertido en un adulto sometido a Dios; haciendo la labor que se le había encomendado. Jesús obedeció a su Padre en su niñez, adolescencia y adultez; lo hizo en cada instante de su vida. Él nunca falló. Él nunca pecó. Siendo completamente santo, tomó el lugar que le correspondía al pecador; y su obediencia perfecta agradó a Dios. (LUCAS 3:21-22)

Lo que Adán y Eva no pudieron hacer. Lo que tú y yo jamás podremos alcanzar, Jesús lo logró en nuestro lugar. Nuestro pecado nos hizo merecedores de ira, pero su obediencia perfecta complació a Dios. Su récord sin tacha fue aceptado por el Padre. Él fue la oveja sin mancha sacrificada en el lugar de hombres y mujeres marcados por el pecado. ¡Su nacimiento trajo esperanza y alivio a los corazones cargados de la desobediencia que los apartaba de Dios! Deja que esta verdad llene tu alma de regocijo: Jesús obedeció al Padre en tu lugar cada día de su vida, desde su primer llanto hasta su último suspiro.

Por la fe en Jesús, el agrado que Él recibió del Padre, también es nuestro. Su llegada hizo nacer la esperanza en nuestros corazones. ¡Qué glorioso nacimiento! ¡Qué gloriosa esperanza! No te quedes sólo con la versión infantil de Jesús. Considera toda su vida, su obediencia hasta la muerte y considera su resurrección.


REFLEXIONA

• Cuando meditas acerca del nacimiento de Jesús, ¿consideras el resto de la historia?

• ¿Cómo te alienta el saber que Jesús vivió una vida perfecta en tu lugar, que recibió el castigo que merecías por tus pecados y que resucitó para darte una nueva vida?

• ¿Estás colocando tu esperanza en tu desempeño o en la obra de Cristo en tu lugar?


ORA

• Padre amado, gracias por la provisión que tengo en Cristo Jesús. Gracias por su obediencia perfecta y su muerte en mi lugar. Gracias porque me concediste la fe para depositar mi fe en Él y en su resurrección me has dado vida. Ayúdame a descansar en su obra completa a mi favor y a ofrecer mi vida como un sacrificio vivo en respuesta a tanta gracia y misericordia.



MIN. AVIVA NUESTROS C. - (DEV “LEAMOS LA BIBLIA JUNTAS”)









miércoles, 19 de diciembre de 2018

DE CORAZONES TRISTES A CORAZONES ARDIENTES 19 diciembre




DE CORAZONES TRISTES A CORAZONES ARDIENTES



Por Aylín Merck

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 24:13-35


¿Has tenido alguna vez dudas acerca de Jesús? ¿Te preguntas si Él es real, o digno de confianza? ¿Cómo crees que Cristo reacciona hacia nosotras cuando dudamos así? La historia que Lucas cuenta en Lucas 24:13-35 es una de mis favoritas. En ella veo el corazón tierno, pastoral, y humilde del Señor Jesús. ¿Ya lo leíste?

Ponte en el lugar de los dos discípulos camino a Emaús. Pasaste tiempo con Jesús. Lo viste sanar enfermos, levantar muertos, y multiplicar pan y peces. Has comido con él y has escuchado sus enseñanzas. Has visto su compasión, su poder, su ira santa. Estás convencida de que Él es quien habría de rescatar a tu pueblo de la opresión romana. Pero, hace unos días, Jesús ha sido apresado y, para tu horror, ¡ha sido crucificado! Sabías que muchos lo odiaban, pero no pensaste que ellos triunfarían.

Estás perpleja, confundida e inmensamente triste. El día anterior fue el peor de tu vida. Pero entonces, hoy, cuando pensabas que no podías enfrentar nada más, escuchas noticias sorprendentes. Tus amigas dicen que fueron a la tumba de Jesús y ¡la encontraron abierta! Jesús ya no estaba allí. Es más, ellas cuentan de dos hombres con vestiduras brillantes que se les aparecieron y que dijeron que Jesús no estaba muerto, sino vivo (LUC. 24:5).

¿Cómo reaccionarías a todas estas noticias? Lucas escribe que dos discípulos de Jesús estaban discutiendo y conversando sobre todas estas cosas. ¿Qué crees que se decían el uno al otro? En medio de esta conversación, Jesús mismo aparece, pero estos discípulos no lo reconocen porque Dios había cegado los ojos de su corazón.


CRISTO ENSEÑA. Cristo les pregunta sobre su discusión. Uno de ellos, Cleofás, sorprendido de que este hombre no sepa lo que está pasando en Jerusalén, le cuenta acerca de Jesús, el profeta que había estado enseñándoles y en quien ellos habían puesto su esperanza para la redención de Israel. Pero, para su terrible sorpresa, Jesús había sido crucificado. ¡No debió haber terminado así la historia! Claramente ellos están confundidos. ¿Era Jesús quien ellos pensaban que Él era?

Me pregunto cómo ellos esperaban que este visitante desconocido reaccionara a todo esto. Quizás pensaron que Él también compartiría sus dudas.

Jesús (probablemente con un tono gentil y paternal) les llama insensatos y les dice que han sido lentos para entender lo que los profetas habían dicho acerca del Cristo. Era cierto que Él redimiría a Israel, pero su método sería diferente al que ellos esperaban: Cristo tenía que sufrir antes de entrar en Su gloria.

Entonces Jesús toma las Escrituras y les explica todo lo que ellas enseñaban acerca de Él. Lo que Cristo hace aquí tiene gran importancia: Él demuestra la autoridad de la revelación de Dios.

Pero más aún, Cristo demuestra cómo debemos interpretar las Escrituras, especialmente el Antiguo Testamento. Moisés, los profetas, los salmos, todos escriben algo acerca de Jesús. Cuando leemos el Antiguo Testamento debemos hacerlo con la intención de ver cómo se ha cumplido lo que este dice acerca de Cristo.


CRISTO HOSPEDA. Durante todo este intercambio, estos discípulos todavía no saben con quién están hablando. Pero llegando a su destino, muestran hospitalidad e invitan a este extraño a comer con ellos.

Jesús acepta su invitación y cuando se sientan a la mesa, Él pasa de ser el invitado a ser el anfitrión. Él toma el pan, lo bendice, y partiéndolo, lo ofrece a los discípulos.

Cristo usa el elemento físico del pan para ilustrar lo que les había estado enseñando. En Lucas 22, Lucas recuenta el momento en que Cristo come la Pascua con los apóstoles. Allí Él había tomado pan, había dado gracias, lo había partido y se los dio diciendo: «Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí» (LUC. 22:19).








martes, 18 de diciembre de 2018

CUANDO TODO CAMBIÓ 18 diciembre




CUANDO TODO CAMBIÓ



Por Susan Bixby

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 24:1-12


Tristes… perplejas… aterrorizadas… sorprendidas… emocionadas… esperanzadas. Estas mujeres experimentaron toda una gama de emociones en tan solo unos momentos. ¡Esta escena es de película!

Después de haber pasado dos noches y un día entero encerradas en sus casas en obediencia a la ley, salen con prisa hacia el sepulcro. Están preocupadas porque el cuerpo de Jesús no se preparó correctamente por la presión del tiempo el viernes. Realmente las admiro. No tienen idea de cómo van a quitar la enorme piedra que tapa la entrada al sepulcro, pero van con determinación. No saben lo que les espera.

Lucas dice que ellas estaban perplejas, pero yo también me quedo perpleja con ellas. Fueron testigos de los milagros de Jesús. Vieron cuando sanó a los enfermos, cuando echó fuera demonios, y cuando levantó muertos. Además, sabían que Él había dicho que sería crucificado y que al tercer día, resucitaría. ¡Y ellas iban a preparar su cuerpo con especias aromáticas para su descomposición!

¿Sabes? Yo hago lo mismo. Dios me ha salvado de mis pecados. Ha mostrado su amor incondicional hacia mí. Ha obrado de una manera maravillosa al proveer para mis necesidades espirituales y materiales. Y ¿qué hago a la primera cuando hay una crisis? «Dios, ¿dónde estás? Te has olvidado de mí. ¡Ya no me amas! Es más, ¡ya ni creo que existes!».

Jesús anunció cómo sería su muerte, y qué sucedería al tercer día. Y al llegar a la tumba, los ángeles les recuerdan a estas mujeres las palabras de Jesús. Ellas empiezan a acordarse. Los recuerdos llenan sus mentes. Algunas cosas empiezan a tener un poco más de sentido. Buscan a los apóstoles para contarles lo sucedido, pero ellos las consideran locas. Pues, se entiende, ¿no? Con tantas emociones en un día, me imagino que parecían estar un poco fuera de sus cinco sentidos. Ya las puedo escuchar… varias mujeres hablando al mismo tiempo, corrigiéndose y hablando unas por encima de otras. Los apóstoles no les hicieron caso.

Excepto Pedro. Me encanta Pedro. Me identifico con él muchas veces. (Creo que mi nombre debió haber sido Pedrita). Pedro el disparatado y espontáneo. El apasionado y orgulloso. Él habrá entendido un poco mejor a estas mujeres que los demás apóstoles. Él fue el que dijo, «Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente». Había una semilla de fe en Pedro que Cristo mismo puso ahí. Esa fe, junto con su naturaleza impulsiva, llevó a Pedro corriendo a ese sepulcro. El texto dice que después se fue a su casa pensando. ¿A su casa? ¿Por qué no fue con los demás apóstoles? ¿Por qué no fue a gritarle a todo el mundo que Cristo había resucitado? Quizás le faltaba ver a Jesús para poder seguir adelante. Pero Pedro lo sabía, las mujeres lo sabían, ya todo había cambiado.


LA RESURRECCIÓN CAMBIA TODO. La resurrección cambia el escandaloso alumbramiento de una mujer soltera en un acto de honor. La resurrección cambia el asqueroso pesebre de un establo en un trono. La resurrección cambia la trágica muerte sobre una cruel cruz en una victoria. La resurrección cambia una supuesta secta en la religión verdadera. La resurrección cambia el rumbo completo de la historia. Es el clímax de la trama. Es el elemento esencial que no podía faltar.

Piénsalo por un momento. ¿Cómo te podría dar vida eterna alguien que está muerto? Jesús pudo haber nacido de una virgen, haber vivido sin pecado, y haber muerto en una cruz, y todo habría sido en vano si no hubiera resucitado. La resurrección hace único al cristianismo verdadero. Mi Salvador no está en una tumba como Joseph Smith, Mahoma o Buda. ¡Él resucitó! ¡Él vive!

Esta navidad, al pensar en ese Bebé en el pesebre, recuerda la tumba vacía y siente la esperanza que esas queridas mujeres sintieron al entender que todo había cambiado.








lunes, 17 de diciembre de 2018

NACIÓ PARA MORIR 17 diciembre




NACIÓ PARA MORIR



Por Jeanine Martínez

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 23:33-56


«Nació para morir». En las semanas y los días que meditaba para escribir estas líneas no podía dejar de pensar en esta frase. Leí la historia de una pareja, los Young, que estaban esperando a su bebé con muchas ansias. A las 19 semanas de embarazo, recibieron el diagnóstico de que su bebé tenía anencefalia, una condición en la que no se desarrolla todo el cerebro. Sus padres la llamarían Eva Grace. (Puedes leer el caso en este vínculo).

Los bebés con esta condición, se consideran «incompatibles con la vida», y usualmente nacen muertos o mueren a pocas horas o días de nacer. Es común que estos bebés sean abortados, pero los firmes valores cristianos de los Young les llevaron a preservar la vida de la bebé hasta que el Señor decidiera llevársela. Además, esta familia tenía la esperanza de que una vez la bebé falleciera, sus órganos podrían ser donados y así salvar la vida de otros bebés.

Una historia así provoca muchos cuestionamientos, y posiblemente te haga pensar en muchas cosas. ¿Qué harías si fueras la mamá de esta bebé? ¿Cómo vivirías sabiendo que tu bebé nacería para morir, con el consuelo y la esperanza de que su muerte daría vida a otros?

Una madre adolescente se encontró con las mismas preguntas hace más de dos mil años, y 33 años después, se encontró frente a la cruz donde colgaba su Hijo. El propósito del nacimiento de Jesús fue su muerte. Su muerte fue el punto central de miles de años de espera para que el camino mediante el cual el hombre podría ser reconciliado con Dios fuera materializado.

Piensa en la imagen en Lucas 23:49, las mujeres mirando de lejos a este hombre, el Hijo de María, su Maestro y el que creían que era el Mesías que habría de venir, torturado y moribundo en la cruz. Piensa en el dolor que estas madres, hermanas y discípulas estaban pasando. Le acompañaban desde lejos, pues, ni siquiera podían sostenerle en las últimas horas de su vida. Por la mente de María pasarían las promesas que oyó del ángel (Lucas 1:2635) y el propósito de la vida y la muerte de su Hijo (Lucas 2:34-35).

Tú y yo somos beneficiarias de este generoso y sacrificial regalo. Cristo donó su vida para que nosotras tuviéramos vida (1ª Pedro 2:24). La cruz, su muerte en la cruz, fue el medio por el cual el pago de nuestros pecados fue efectuado. Y Su resurrección trajo la esperanza de la vida eterna para todos los que pusieran su esperanza en Él.

Jesús fue un bebé que nació para morir. Su muerte fue el principal propósito de su vida pues traería la esperada salvación eterna, el pago completo, la expiación de toda culpa, la reconciliación garantizada, la adopción incondicional, y la seguridad y la confianza en la aceptación que tenemos en Él. ¡WOW! No tenemos cómo pagarle a Dios lo que ha hecho por nosotros, que cuando éramos enemigos y pecadores, Él se encarnó como un frágil y limitado bebé para cumplir un propósito que habría de trascender la historia y el universo.








domingo, 16 de diciembre de 2018

LA CANCIÓN DE SIMEÓN 16 diciembre




LA CANCIÓN DE SIMEÓN



Por Diana Cardona

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 2:25-35


Simeón se levantó temprano, y como era costumbre salió de su tienda a contemplar las estrellas, que poco a poco se iban desvaneciendo con la luz del nuevo amanecer. Amaba este momento porque cada rayo de sol que se asomaba en el firmamento le recordaba aquella promesa que hace mucho tiempo guardaba en su corazón. Le recordaba que así como sus ojos veían desaparecer la oscuridad para ver de nuevo el sol, así mismo, sus ojos, algún día dejarían de ver la oscuridad del mundo que lo rodeaba para ver la luz de aquel Mesías prometido.

El Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin ver al Cristo y esta promesa que guardaba en su corazón desde hacía muchos años lo hacía pensar constantemente en cómo sería ese Salvador. ¿Sería un rey como David? ¿Sería un profeta como Samuel?, ¿acaso sería un libertador como Moisés?, ¿o un gran patriarca como Abraham? Constantemente se hacía la misma pregunta:


* ¿CÓMO SERÍA EL SALVADOR? Muchas veces dudó, pues había pasado mucho tiempo desde aquél día de la promesa, sin embargo no perdía la fe. Cada mañana, se postraba delante de Dios con la esperanza de que tal vez hoy, sus ojos verían ese pequeño niño que traería la consolación de su pueblo.

Pero entonces una mañana muy temprano en la madrugada, postrado buscando a Dios, supo que el día tan esperado había llegado, el Espíritu Santo que estaba sobre él lo movió a ir al templo, Simeón se apresuró, salió y caminó más rápido que de costumbre, su corazón latía fuerte, las manos le temblaban y su respiración se cortaba.


* ¡HOY ES EL DÍA! Decía en voz baja, mientras el polvo debajo de sus pies se levantaba con fuerza a cada uno de sus pasos apresurados. Llegó al templo y entró abriéndose paso entre la multitud, se detuvo para tomar un poco de aliento y fue entonces cuando vio a dos jóvenes que venían con un bebé, y entonces movido por el Espíritu, supo que eran ellos quienes traían al Mesías de Dios, se acercó a los padres del bebé y lo tomó en sus brazos, lo miró y se preguntó a sí mismo:


* ¿QUIÉN ES ESTE NIÑO? Simeón no podía creer lo que estaba viendo, sus ojos se llenaron de lágrimas cuando entendió que Dios había enviado a su propio hijo, Dios mismo había venido en forma de un hombre de carne y hueso y ahora, ese Dios, que formó el cielo y la tierra con el aliento de su boca estaba en sus brazos. Sus ojos estaban contemplando a Dios mismo, Simeón contuvo el aliento por unos segundos y mirando a Jesús, el Mesías prometido, el cordero de Dios le habló y le dijo: 








sábado, 15 de diciembre de 2018

¡GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS! 15 diciembre





¡GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS!



Por Betsy Gómez

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 2:8-20


La noche del nacimiento de la Luz del mundo transcurría silente y habitual, hasta que lo ordinario fue interrumpido por lo extraordinario. Ángeles fueron enviados por Dios a encontrarse con pastores en el campo. ¡Qué increíble contraste!

¿Por qué escogió Dios a hombres comunes y corrientes, de una clase social despreciable, para ser los primeros en conocer esta noticia? ¿Por qué les otorgó el privilegio de presenciar ese glorioso momento y luego anunciarlo a otros?

Lucas nos da una pista para descubrir la respuesta. Estos pastores no solo nos enseñan que Jesús vino a acercarse a lo ordinario, sino que también nos apuntan a la misión del Hijo de Dios.

En el versículo 8, leemos que estos pastores estaban en el campo, cerca de Belén, cuidando de sus rebaños durante las vigilias de la noche. Allí los pastores se encargaban de las ovejas destinadas al sacrificio en el templo. (1) Aunque otros pastores de Judea criaban ovejas por su carne y su lana, estos pastores solo las criaban para ser sacrificadas en el altar del templo en Jerusalén, para el perdón de los pecados. Ellos fueron el cumplimiento de la profecía de Miqueas 4:8, dada setecientos años antes del nacimiento de Jesús: «Y tú, torre del rebaño, colina de la hija de Sion, hasta ti vendrá, vendrá el antiguo dominio, el reino de la hija de Jerusalén.»

¡Estos hombres eran la «torre de vigilancia del rebaño» a quienes el Salvador debía ser anunciado!

Estos pastores acostumbrados a observar las ovejas imperfectas que se ofrecían como sacrificios temporales, ahora recibían la invitación a presenciar al Cordero que se sacrificaría como el sacrificio perfecto. Luego, el ángel les da un resumen condensado del evangelio en tres palabras claves que captan el corazón de la obra de Jesús a nuestro favor: Salvador, Cristo y Señor. Jesús es el Cordero sacrificial completo y final que nació para salvar a su pueblo de la esclavitud del pecado. Él es el Rey Ungido, el Señor. La larga espera había terminado. ¡El cordero había nacido con un fin muy claro: morir en lugar de los pecadores!

La señal que el ángel dio a los pastores no correspondía a la majestad de los títulos del niño recién nacido. Encontrarían al bebé en pañales y acostado en un pesebre. ¡Un rey colocado en un recipiente para alimentar animales! Ese Cordero envuelto en pañales, luego de ser sacrificado, se levantaría en victoria liberándose de los lienzos de la tumba. (2)

Esta gloriosa verdad nos mueve a alabar a Dios de la misma manera que los ángeles lo hicieron; dando «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace» (LUC. 2:14), y nos obliga a unirnos a los pastores que salieron de la escena de la natividad, alabando a Dios y testificando sobre el Salvador. ¡Así responde un corazón que ha contemplado la salvación de Dios! Exaltando a Dios y anunciando a otros la buena noticia de su salvación.


(1) M. R. Vincent, Word studies in the New Testament (Vol. 1, p. 269). New York: Charles Scribner’s Sons. 1887.

(2) A. A. Just, (Ed.). Luke (p. 41). Downers Grove, IL: InterVarsity Press. 2005.


REFLEXIONA

• ¿Cómo te reta la humildad de Jesús al venir al mundo de una manera tan sencilla?

• ¿Cómo te anima saber que Dios se encarnó para tomar el castigo que te correspondía y ofrecerte la salvación de tus pecados?

• ¿Cómo te anima el saber que Dios cumple cada una de sus promesas?

• Al contemplar la obra de Cristo a tu favor, ¿tu respuesta se parece a la de los pastores?


ORA

• Pídele a Dios que te devuelva el asombro por Su salvación, que te dé ojos para atesorar Su redención.

• Pídele a Dios que te ayude a responder en alabanza ante Su sacrificio y que te llene de valentía para anunciar a otros la salvación que solo Él ofrece.



MIN. AVIVA NUESTROS C. - (DEV “LEAMOS LA BIBLIA JUNTAS”)









viernes, 14 de diciembre de 2018

NO HAY LUGAR EN EL MESÓN 14 diciembre





NO HAY LUGAR EN EL MESÓN



Por  Patricia García de Namnún

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 2:1-7


Los nacimientos de los bebés son hermosos. Cuando un bebé está por llegar, los padres se preparan para ese momento. Ya saben en qué clínica nacerá y quiénes los acompañarán. Incluso preparan un adorno para la puerta de la habitación en el hospital, para indicar que unos padres con su bebé están en esa habitación. Una cama cómoda le espera a la mamá, y todas las atenciones y visitas para ese bebé que nacerá.

Este es el caso de muchos padres y muchos bebés, pero no fue el caso de María, de José y del Salvador del mundo, su hijo Jesús:

«Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de César Augusto, para que se hiciera un censo de todo el mundo habitado. Este fue el primer censo que se levantó cuando Cirenio era gobernador de Siria. Y todos se dirigían a inscribirse en el censo, cada uno a su ciudad. Y también José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para inscribirse junto con María, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que mientras estaban ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón» (LUCAS 2:1-7).


UN EDICTO, UN GRAN PLAN

La historia del nacimiento de Jesús comienza con un edicto para un censo, dispuesto por el emperador César Augusto. Cada persona de todo el mundo habitado, debía dirigirse a su ciudad de origen a inscribirse en el censo, censo que muy probablemente tenía el propósito de colectar impuestos.

Con este edicto, César, sin saberlo, había desencadenado una serie de eventos que transformaría toda la humanidad. Entre las multitudes que se dirigían a sus ciudades, se encontraba una pequeña familia compuesta por un carpintero y una adolescente embarazada que daría a luz en Belén a Aquel que gobernaría el mundo por encima de toda autoridad humana.

«Lo que al principio parecía ser un gran espectáculo del poder de César en realidad demostró la supremacía de la soberanía de Dios. Aun el decreto de César fue parte del divino plan de Dios. Dios gobierna todas las cosas para su gloria, esto es cierto no solo para los grandes eventos de la historia de la salvación, sino también para los eventos ordinarios de la vida diaria» (1)

Así comienza la historia del nacimiento del Salvador, con un edicto de «poder» terrenal que serviría a los propósitos del supremo poder celestial.


EL REY EN UN PESEBRE

Luego de un largo e incómodo viaje (imagínate lo que sería para una mujer embarazada el trasladarse de una ciudad a otra, en una época donde no existían los medios de transporte que tenemos hoy) esta pequeña familia llegó a Belén, lugar donde nacería el Salvador.

El pasaje de Lucas 2 nos dice que mientras ellos estaban allí, llegó el día del alumbramiento. ¡Qué gran día! ¿Seguramente tenían un lugar cómodo con parteras que les esperaban para traer al mundo a este glorioso bebé? Pues como bien conocemos la historia, esta no fue la realidad: «Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón» (LUC. 2:6-7).

El Rey de reyes, Señor de señores, el Alfa y la Omega, el Primogénito de toda la creación, aquel que sustenta todo por la Palabra de Su poder, el Creador del universo, el Señor del cielo y de la tierra, el resplandor de la gloria de Dios, el Dios hecho hombre, aquel digno de que toda criatura y todo el universo se postre en adoración delante de Él a su llegada, no recibió la bienvenida que merecía.








jueves, 13 de diciembre de 2018

NO ERES LA PROTAGONISTA 13 diciembre





NO ERES LA PROTAGONISTA




Por Nicole Tejera de García

LECTURA BÍBLICA: LUCAS 1:57-80


Aunque él es parte de la historia, para esta época del año nunca pensamos en Juan el Bautista. A decir verdad, probablemente sabes quién es Juan el Bautista, pero no crees que haya mucho que aprender de él aparte de conocer su historia para pasar el examen de Biblia. Hoy quiero probarte lo contrario.

Juan fue el último profeta. Después de 400 años de silencio, Dios decidió enviar a este hombre para anunciar el evangelio a los hombres. Una voz clamando en el desierto, anunciando que «la luz matinal del cielo estaba a punto de brillar entre nosotros, para dar luz a los que están en oscuridad y en sombra de muerte, y para guiarnos al camino de la paz». (VV. 78-79 NTV) como su padre Zacarías había profetizado en el pasaje que leímos anteriormente.


¿PROTAGONISTA O EXTRA?

La vida de Juan el Bautista era verdaderamente movida por el Espíritu Santo. Desde su concepción imposible a los ojos de los hombres, y su nombre anunciados por un ángel, hasta tener el privilegio de bautizar al mismo Jesús; Juan tuvo un testimonio y ministerio increíbles. Por su manera milagrosa de llegar al mundo (su madre era de avanzada edad y estéril) y su extraordinario nacimiento, muchos pensaban que él era el Mesías y decían: «¿Qué, pues, llegará a ser este niño? Porque la mano del Señor ciertamente estaba con él» (V. 66).

Pero a pesar de sus dones, su ministerio y lo que Dios había hecho a través de él, Juan conocía su lugar. Desde el inicio de su vida sabía que estaba llamado solamente a ser un actor secundario; sabía que no era el protagonista de la historia, que el único propósito de su vida era preparar el camino para el evangelio. Él dijo: «Yo bautizo con agua a los que se arrepienten de sus pecados y vuelven a Dios, pero pronto viene alguien que es superior a mí, tan superior que ni siquiera soy digno de ser su esclavo y llevarle las sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego» (MAT. 3:11).

¡Cuánto tenemos que aprender de Juan! La inclinación natural de nuestro corazón es a ponernos en el centro del escenario; si la historia de la humanidad tuviera créditos, probablemente cada una de nosotras se pelearía por el primer lugar; pero la realidad es que no somos más que extras en esta película. Nuestras vidas son sólo un parpadeo en comparación con la historia completa, y Juan lo sabía. ¿Qué estás haciendo hoy para que ese parpadeo sea un eco de la gloria de Dios?


El único propósito de su vida era preparar el camino
para el evangelio.


A pesar de que no tienes una multitud siguiéndote a todos lados como a Juan, hoy en día todos tenemos una audiencia en nuestras redes sociales y nuestros círculos cercanos; todos tenemos un público al cual le estamos hablando constantemente. ¿Cómo estás usando esa oportunidad que se te ha dado? ¿Te avergüenzas del evangelio oles dejas saber a todos que Dios «nos envió un poderoso Salvador del linaje real de su siervo David, como lo prometió mediante sus santos profetas hace mucho tiempo»? (VV. 69-70) ¿Estás tomando tus decisiones en base a qué te hará sentir más satisfecha o en base a qué hará que otros puedan conocer a Jesús como su Salvador?


REFLEXIONA


• ¿La actitud de tu corazón es la misma que la de Juan el Bautista? ¿Quieres que Jesús sea exaltado a través de tu vida?

• Piensa en los anhelos y sueños que tienes. ¿Tienen el propósito de tener éxito a los ojos de los hombres o de traer gloria a Dios?

• ¿Qué hábitos de tu diario vivir te ponen a ti misma como centro de atención en vez de tener una vida que adorne el evangelio?

• El mundo anima a las mujeres a colocarse a sí mismas en el centro de sus vidas. ¿Te has conformado a esa mentira o tu vida apunta al verdadero Protagonista y Señor?


ORA


• Si has visto trazos de orgullo en tu corazón, corre a Cristo en arrepentimiento.

• Pide que el Señor te dé un corazón humilde y ponga en ti el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús al venir a este mundo (Fil. 2:5).

• Pide que Dios te dé temor de Él y no de los hombres, que te permita buscar maneras de anunciar las buenas nuevas de salvación a otros.



MIN. AVIVA NUESTROS C. - (DEV “LEAMOS LA BIBLIA JUNTAS”)









TRADUCCIÓN