LA
CANCIÓN DE SIMEÓN
Por
Diana Cardona
LECTURA
BÍBLICA: LUCAS 2:25-35
Simeón se levantó temprano, y como era
costumbre salió de su tienda a contemplar las estrellas, que poco a poco se
iban desvaneciendo con la luz del nuevo amanecer. Amaba este momento porque
cada rayo de sol que se asomaba en el firmamento le recordaba aquella promesa
que hace mucho tiempo guardaba en su corazón. Le recordaba que así como sus
ojos veían desaparecer la oscuridad para ver de nuevo el sol, así mismo, sus
ojos, algún día dejarían de ver la oscuridad del mundo que lo rodeaba para ver
la luz de aquel Mesías prometido.
El Espíritu Santo le había revelado que no
moriría sin ver al Cristo y esta promesa que guardaba en su corazón desde hacía
muchos años lo hacía pensar constantemente en cómo sería ese Salvador. ¿Sería
un rey como David? ¿Sería un profeta como Samuel?, ¿acaso sería un libertador
como Moisés?, ¿o un gran patriarca como Abraham? Constantemente se hacía la
misma pregunta:
* ¿CÓMO SERÍA EL SALVADOR? Muchas veces dudó, pues había pasado mucho tiempo desde
aquél día de la promesa, sin embargo no perdía la fe. Cada mañana, se postraba
delante de Dios con la esperanza de que tal vez hoy, sus ojos verían ese
pequeño niño que traería la consolación de su pueblo.
Pero entonces una mañana muy temprano en la
madrugada, postrado buscando a Dios, supo que el día tan esperado había
llegado, el Espíritu Santo que estaba sobre él lo movió a ir al templo, Simeón
se apresuró, salió y caminó más rápido que de costumbre, su corazón latía fuerte,
las manos le temblaban y su respiración se cortaba.
* ¡HOY ES EL DÍA! Decía
en voz baja, mientras el polvo debajo de sus pies se levantaba con fuerza a
cada uno de sus pasos apresurados. Llegó al templo y entró abriéndose paso
entre la multitud, se detuvo para tomar un poco de aliento y fue entonces
cuando vio a dos jóvenes que venían con un bebé, y entonces movido por el
Espíritu, supo que eran ellos quienes traían al Mesías de Dios, se acercó a los
padres del bebé y lo tomó en sus brazos, lo miró y se preguntó a sí mismo:
* ¿QUIÉN ES ESTE NIÑO? Simeón no podía creer lo que estaba viendo, sus ojos se llenaron de
lágrimas cuando entendió que Dios había enviado a su propio hijo, Dios mismo
había venido en forma de un hombre de carne y hueso y ahora, ese Dios, que
formó el cielo y la tierra con el aliento de su boca estaba en sus brazos. Sus
ojos estaban contemplando a Dios mismo, Simeón contuvo el aliento por unos
segundos y mirando a Jesús, el Mesías prometido, el cordero de Dios le habló y
le dijo:
“Ahora, Señor, permite que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz de revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.” (LUCAS 2:29, 32)
“Ahora, Señor, permite que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz de revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.” (LUCAS 2:29, 32)
Luego miró a la joven María y le dijo: “He aquí, este Niño ha sido puesto para la caída y el
levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción (y una
espada traspasará aun tu propia alma) a fin de que sean revelados los
pensamientos de muchos corazones.” (LUCAS
2:34-35).
En ese instante María supo que ese niño no
solo era su hijo sino que también era su Salvador.
Simeón lleno de gozo, regresó a su casa,
sabiendo que el día de su muerte ahora estaba cerca, y que pronto sus ojos, que
habían visto a Jesús, pronto se cerrarían para contemplarlo de nuevo, pero esta
vez sería para siempre.
REFLEXIONA
• Cuando Simeón vio a Jesús, él
supo que estaba viendo a Dios mismo y le pidió que le permitiera morir porque
había visto la salvación.
• ¿Estás seguro que si mueres
estarías en la eternidad con Jesús?
• ¿Alguna vez has orado por ese
día?
ORA
• Gracias Señor Jesús porque
siendo Dios no te importó hacerte como uno de nosotros para venir a salvarnos
de nuestros pecados. Te pido con todo mi corazón que cuando el último de mis
días termine tú me recibas en tu reino para que al igual que Simeón, mis ojos
puedan contemplar tu rostro para siempre.
MIN.
AVIVA NUESTROS C. - (DEV “LEAMOS LA BIBLIA JUNTAS”)


