NO
HAY LUGAR EN EL MESÓN
Por
Patricia García de Namnún
LECTURA
BÍBLICA: LUCAS 2:1-7
Los nacimientos de los bebés son hermosos.
Cuando un bebé está por llegar, los padres se preparan para ese momento. Ya
saben en qué clínica nacerá y quiénes los acompañarán. Incluso preparan un
adorno para la puerta de la habitación en el hospital, para indicar que unos
padres con su bebé están en esa habitación. Una cama cómoda le espera a la
mamá, y todas las atenciones y visitas para ese bebé que nacerá.
Este es el caso de muchos padres y muchos
bebés, pero no fue el caso de María, de José y del Salvador del mundo, su hijo
Jesús:
«Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de César Augusto, para
que se hiciera un censo de todo el mundo habitado. Este fue el primer censo que
se levantó cuando Cirenio era gobernador de Siria. Y todos se dirigían a inscribirse
en el censo, cada uno a su ciudad. Y también José subió de Galilea, de la
ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él
de la casa y de la familia de David, para inscribirse junto con María,
desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que mientras estaban ellos
allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo
primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había
lugar para ellos en el mesón» (LUCAS 2:1-7).
UN EDICTO, UN GRAN PLAN
La historia del nacimiento de Jesús comienza
con un edicto para un censo, dispuesto por el emperador César Augusto. Cada persona
de todo el mundo habitado, debía dirigirse a su ciudad de origen a inscribirse
en el censo, censo que muy probablemente tenía el propósito de colectar
impuestos.
Con este edicto, César, sin saberlo, había
desencadenado una serie de eventos que transformaría toda la humanidad. Entre
las multitudes que se dirigían a sus ciudades, se encontraba una pequeña
familia compuesta por un carpintero y una adolescente embarazada que daría a
luz en Belén a Aquel que gobernaría el mundo por encima de toda autoridad
humana.
«Lo que al principio parecía ser un gran espectáculo del poder de César en
realidad demostró la supremacía de la soberanía de Dios. Aun el decreto de
César fue parte del divino plan de Dios. Dios gobierna todas las cosas para su
gloria, esto es cierto no solo para los grandes eventos de la historia de la
salvación, sino también para los eventos ordinarios de la vida diaria» (1)
Así
comienza la historia del nacimiento del Salvador, con un edicto de «poder»
terrenal que serviría a los propósitos del supremo poder celestial.
EL REY EN UN PESEBRE
Luego de un largo e incómodo viaje (imagínate
lo que sería para una mujer embarazada el trasladarse de una ciudad a otra, en
una época donde no existían los medios de transporte que tenemos hoy) esta
pequeña familia llegó a Belén, lugar donde nacería el Salvador.
El pasaje de Lucas 2 nos dice que mientras
ellos estaban allí, llegó el día del alumbramiento. ¡Qué gran día! ¿Seguramente
tenían un lugar cómodo con parteras que les esperaban para traer al mundo a
este glorioso bebé? Pues como bien conocemos la historia, esta no fue la
realidad: «Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le
acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón» (LUC.
2:6-7).
El Rey de reyes, Señor de señores, el Alfa y
la Omega, el Primogénito de toda la creación, aquel que sustenta todo por la
Palabra de Su poder, el Creador del universo, el Señor del cielo y de la
tierra, el resplandor de la gloria de Dios, el Dios hecho hombre, aquel digno
de que toda criatura y todo el universo se postre en adoración delante de Él a
su llegada, no recibió la bienvenida que merecía.
Su nacimiento nos recuerda la necesidad de la encarnación para la salvación
El Creador de todo lo que existe no pudo ni
siquiera nacer en una habitación. El Rey Jesús nació y fue acostado en un
pesebre. Probablemente lo imaginas como los adornos de nacimientos que se usan
debajo del árbol de navidad: un lugar lleno de paja con uno que otro animal
presente. Pero estoy segura de que no era tan bonito ni de tan buen aroma como
los adornos actuales. El pesebre es el depósito donde se le deja comida a los
animales y allí fue acostado el majestuoso Salvador. Envuelto en Su nacimiento
nos recuerda la necesidad de la encarnación para la salvación pañales, el que
sustenta todo con Su poder estaba siendo sostenido por un depósito de alimentos
para animales.
QUE CADA CORAZÓN LE PREPARE HABITACIÓN.
¿Por qué Jesús nació de esta manera? Porque
aun en su nacimiento Dios obró con propósito. Su nacimiento nos recuerda lo
depravado de nuestro pecado, cuando Dios Hijo, al nacer, no fue reconocido, ni
tampoco bienvenido. Su nacimiento nos recuerda la necesidad de la encarnación
para la salvación, porque para pagar por nuestros pecados, Dios tenía que
hacerse hombre. Su nacimiento nos recuerda la gran humildad de nuestro
Salvador, que siendo inimaginablemente superior a nosotros, dejó Su gloria para
venir a nuestra vergüenza, haciéndose hombre, durmiendo en un pesebre para
luego crecer y morir en una cruz por nuestros pecados.
Esa noche, gloriosa noche, no había lugar
para el Salvador en el mesón. ¿Tiene Él hoy habitación en tu corazón?
(1) Graham Ryken, Philip. “Reformed, Expository
Commentary. Luke. P&R Publishing, 2009. P. 67-68.
REFLEXIONA
• ¿Confías en la soberanía de
Dios en medio de circunstancias que parecen adversas? ¿Puedes pensar en alguna
en específico?
• El Rey y dueño de todo lo que
existe, Aquel que es superior a nosotros, mostró su gran humildad en Su
nacimiento y en Su humanidad. ¿Eres tú intencional en cultivar un corazón
humilde? ¿En imitar a Cristo en Su humildad?
• Jesús no encontró habitación en
el mesón. ¿Ha encontrado Él habitación en tu corazón como el Rey y Salvador de
tu vida? Si es así, ¿es esa morada digna de Él?
ORA
• Te invito a exaltar al Señor
por Su obra de redención, por dejar Su gloria para venir a nuestra vergüenza.
• Pídele que te ayude a caminar
en humildad, y que te dé una vida digna de Aquel que hace morada en ti.
MIN.
AVIVA NUESTROS C. - (DEV “LEAMOS LA BIBLIA JUNTAS”)



