“Sean ustedes imitadores de mí; así como yo lo soy
de Cristo.” 1ª Corintios 11:1 (Leer Romanos 2:17-24)
Muy comúnmente
a los creyentes se nos invita a limitar lo que decimos debido que es más
importante lo que hacemos. Podemos decir lo mismo en las siguientes palabras:
“No permitas que tu conducta contradiga la fe que dices seguir”. Otros lo han
escrito de las siguientes maneras: “Debemos estar seguros que existe
coincidencia entre nuestra vida y lo que dice nuestra boca”.
El principio
detrás de estas frases es muy importante debido a que, si nuestra conducta no
está en armonía con nuestra fe, ello invalida el testimonio del evangelio que
presentamos y en el cual creemos.
Esto va más
allá del mero hecho de ser “buenas personas o hacer buenas obras”, pues esas obras deben ser el resultado de
nuestra creciente relación con Dios y además de servir como evidencia de
nuestra fe en Jesús: “Porque por gracia son salvos por medio de la fe; y esto
no de ustedes pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe. Porque
somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que
Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).
Una vez
aclarado este punto podemos decir que si nuestra vida no es un testimonio,
nuestro testimonio no tendrá vida. Podríamos ser expertos en explicar el
evangelio; no obstante, la explicación más clara no bastará a menos que nuestra
vida muestre el carácter y prioridades de Jesús. El apóstol Pablo lo dice
explícitamente en 1ª Corintios 11:1 “Sean ustedes imitadores de mí; así como yo
lo soy de Cristo”. El respaldaba con su testimonio lo que decía: “Lo que
aprendieron, recibieron, oyeron y vieron en mí, esto hagan; y el Dios de paz
estará con ustedes” (Filipenses 4:9).
1. Rutinariamente debemos hacernos un
autoexamen para verificar si la fe que decimos profesar está respaldada por
nuestras acciones.
2. El mundo te está mirando: ¡actúa como
Jesús!
HG/MD -
(DEVOCIONAL DIARIO “MI DEVOCIONAL”)


