Muchos
cristianos hablan de intimidad con el Señor, acerca de caminar con él,
conocerlo, tener comunión con él. Pero no podemos tener una verdadera comunión
con Dios a menos que comprendamos en nuestros corazones la revelación completa
de su amor, gracia y misericordia.
La comunión con
Dios consiste en dos cosas: recibir el amor del Padre y amarlo en retribución.
Estar seguros en su amor es el primer paso. Tú puedes pasar horas todos los
días orando, diciéndole al Señor cuánto lo amas, pero si no has recibido su
amor, no has tenido comunión con él.
El salmista nos
alienta: “Entrad por sus puertas [de Dios] con acción de gracias, por sus
atrios con alabanza” (Salmos 100:4). Él prosigue a mostrarnos el tipo de Dios
al que debemos venir: “Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia,
y su verdad por todas las generaciones” (v. 5).
Demasiada gente
tiene la impresión de Dios como una figura exigente con un semblante enojado
esperando que fallemos para poder decir: “¡Te atrapé!” Pero nuestro Padre celestial se ha revelado a sí mismo como alguien
bondadoso, tierno de corazón, lleno de gracia y misericordia, ansioso por
levantar todas nuestras preocupaciones y cargas.
El profeta
Sofonías escribe sobre el increíble amor de Dios para con nosotros: “Jehová
está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría,
callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (3:17).
Puedes venir a
sus atrios con alabanza y acción de gracias porque estás muy agradecido por
quién es Dios. A pesar de todas tus debilidades y fracasos, tu Padre celestial
se preocupa por todo lo que estás pasando.
No vivas en
miedo y desesperación, con poca o ninguna esperanza. Pídele al Señor que te
ayude a comprender la verdad de su amor por ti y aférrate a ese amor por fe.
DAVID WILKERSON - (DEVOCIONAL DIARIO “ORACIONES”)


