“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os
anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que
tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la
verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con
otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” 1ª Juan
1:5-7
En este pasaje el apóstol Juan nos habla de
la importancia que tiene el que tengamos comunión. En primer lugar debemos
tener comunión con Dios. Esto sólo podemos lograrlo los creyentes cuando cada
día pasamos tiempo con el Señor orando y leyendo su Palabra y aplicándola a
nuestro diario vivir. Cuando hacemos de esto un hábito el Espíritu Santo obra
en nosotros y va tomando control de las diferentes áreas de nuestras vidas, y
se van llevando a cabo cambios profundos que nos alejan cada vez más de las
tinieblas en las que vivíamos antes de conocer a Jesucristo y nos acercamos más
a nuestro Padre celestial. Entonces podemos decir que tenemos comunión con
Dios. Y cuando la luz de Dios resplandece en nosotros, en nuestras acciones, en
nuestros pensamientos, en el modo de vivir entonces “tenemos comunión unos con
otros.”
Los cristianos esperamos anhelantes el
momento en que tendremos una perfecta comunión unos con otros cuando lleguemos
al cielo, sin embargo nuestras relaciones aquí en la tierra a menudo dejan
mucho que desear. Alguien lo ha descrito de esta manera: “Vivir allá arriba con
los que amamos será la gloria. Vivir aquí abajo con los que conocemos es otra
historia.” Quizás esto se deba a que nos concentramos más en lo que
consideramos “defectos” en los demás que en sus virtudes; nos enfocamos más en
las diferencias que en las cosas comunes entre nosotros. Debíamos aplicar lo
que escribió el autor y escritor cristiano Reuben Welch: “Los cristianos no se
reúnen porque se caigan bien unos a otros, sino porque comparten una vida común
en Jesús y están aprendiendo a amarse unos a otros como miembros de la
familia.”
Vivir en comunión con los demás implica en ocasiones un
sacrificio de nuestra parte. Debemos
aprender de aquellos primeros cristianos cuyas condiciones de vida no eran muy
agradables, sin embargo compartían entre ellos todo lo que tenían, tanto en el
aspecto material como en el emocional y sobre todo en el aspecto espiritual.
Hechos 4:32 dice: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y
un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían
todas las cosas en común.” Este comportamiento pudo ser posible porque todos
estaban unánimes en un mismo espíritu y en un mismo sentir, viviendo en
comunión unos con otros.
Igualmente el día de Pentecostés, cuando por
primera vez se manifestó el Espíritu Santo, “estaban todos unánimes juntos. Y
de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el
cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas
repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos
llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el
Espíritu les daba que hablasen.” (Hechos 2:1-4). La Biblia especifica que
estaban “todos unánimes” y nosotros debemos creer que la unanimidad espiritual
de aquellos discípulos fue realmente imprescindible para que se llevara a cabo
el plan de Dios de la venida del Espíritu Santo, tal y como Jesús había
prometido. De esta manera se estableció el fundamento de la Iglesia de nuestro
Señor Jesucristo.
Lamentablemente a través de los siglos la
iglesia de Cristo ha cambiado en muchos aspectos, y aquel comportamiento de los
primeros tiempos muy difícilmente lo vemos en la actualidad. Decide tú dar un
ejemplo en tu iglesia complaciendo el anhelo de Jesús cuando elevó al Padre
esta oración: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han
de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh
Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el
mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 17:20-23).
A medida que nos parezcamos más a Cristo
iremos aprendiendo a amarnos y a vivir en comunión, de la manera en que nuestro
Padre celestial espera de sus hijos.
ORACIÓN. Dios
de amor y de misericordia, te ruego me llenes de tu luz y de tu Espíritu y que
yo pueda amar a mis hermanos y vivir en comunión con ellos como me enseña tu
Palabra. En el nombre de Jesús te lo pido. Amén.
ENRIQUE
SANZ – (DEVOCIONAL DIARIO “DIOS TE HABLA”)


