“Padre, Señor del cielo y de la
tierra... escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado
a los niños.” Lucas 10:21
“El mundo no conoció a Dios mediante la
sabiduría.” 1ª Cor. 1:21
(Leer 1 Samuel 25:1-22 – Mateo 20:1-15
– Salmo 18:25-30 – Prov. 6:12-15)
En respuesta al
hombre religioso que llegó a interrogarlo, Jesús pronunció estas fuertes
frases: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” y “no puede
entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3, 5). Un poco más tarde declaró a sus
discípulos: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino
de los cielos” (Mateo 18:3). El Señor Jesús presenta a sus interlocutores un
objetivo y una condición:
– el objetivo:
entrar en el reino de Dios,
– la condición:
nacer de nuevo, hacerse como un niño para poder entrar.
Todo ser humano
se halla por nacimiento en el dominio natural del cual Dios es excluido por la
pretensión humana al conocimiento. Incapaz de salir por sí mismo de este
dominio, es invitado por Dios a poner su confianza, sin resistencia y sin razonamiento incrédulo, en la salvación que
Cristo le ofrece. Es de alguna manera encontrar el frescor de la confianza
que manifiesta tan espontáneamente un niño.
Notemos bien
que hacerse como un niño no consiste en renunciar a la inteligencia, en
aparentar inocencia o en jugar a ser adultos inmaduros. Es a la vez mucho más
simple y más difícil: es confiar en Dios simplemente, creer lo que él ha dicho
en su Palabra. ¿Hemos sabido callar en nosotros esa voz de la sabiduría humana
para escuchar la sabiduría de Dios? ¿Hemos ido a Jesús con la simplicidad y la
confianza de un niño para entrar en este dominio divino: el reino de Dios?
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


