“Por tanto, nosotros también, teniendo en
derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del
pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por
delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por
el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se
sentó a la diestra del trono de Dios.” Hebreos 12:1-2
Comienza este pasaje: “Por tanto...” En otras
palabras: “De acuerdo a lo que acabo de decir.” En el capítulo anterior el
autor de la carta a los Hebreos menciona a un grupo de hombres y mujeres que,
habiéndose encontrado en situaciones sumamente difíciles, confiaron en Dios y
por medio de la fe resultaron vencedores. Así es que considerando lo que ellos
hicieron, siguiendo su ejemplo “despojémonos de todo peso y del pecado que nos
asedia...”
Hay cosas de las cuales tenemos que
"despojarnos" si queremos triunfar. Todo aquello que no esté de
acuerdo a la Palabra de Dios tiene que desaparecer de nuestras vidas. En primer
lugar el pecado, por supuesto. Pero hay también otras cosas que probablemente
no entren en la clasificación de pecado pero que muchas veces constituyen un
"peso" que nos impide “correr” con facilidad nuestra “carrera”
espiritual. Por ejemplo: La televisión. Muchas personas pasan un promedio de 20 a 30 horas semanalmente
frente al televisor. Bien podrían usar parte de ese tiempo leyendo la Biblia, o
visitando a un enfermo y orando por su salud o en cualquier otra cosa que
contribuya a su crecimiento espiritual. El trabajo también puede ser un peso
cuando es en exceso o cuando ocupa un lugar primordial en nuestras vidas.
También hay algunos amigos o familiares que en ocasiones constituyen un obstáculo
en nuestra vida espiritual. En resumen, tenemos que despojarnos de todo aquello
que nos impida avanzar en "la carrera que tenemos por delante."
En la película “Chariots of Fire” (“Carros de
fuego”) hay una escena en la que el joven protagonista acaba de perder una
carrera por primera vez en su vida. Y allí está él apartado, sufriendo su
primera derrota, frustrado, deprimido, cuando se le acerca su novia tratando de
alentarlo con palabras de consuelo. Él la mira y le dice: “Si no puedo ganar,
yo no corro.” Y ella le contesta: “Si no corres, no puedes ganar.” Algo que no
debemos hacer es quedarnos estáticos. No podemos pensar en triunfo y al mismo
tiempo conformarnos con vivir una vida espiritual inactiva. No podemos crecer
espiritualmente si nos limitamos a ir a la iglesia los domingos, sentarnos en
un banco, cantar himnos, escuchar el mensaje y regresar a la casa, y hasta el
próximo domingo. La “inmovilidad espiritual” es la distrofia muscular del alma.
Nos vamos debilitando poco a poco hasta que morimos.
Hay momentos en los que estamos tan
desanimados que no tenemos ni siquiera deseos de orar. Cualquiera sea la razón,
esto no debe impedir que continuemos hacia la meta. Es necesario “correr”
espiritualmente. Debemos estar en constante movimiento hacia adelante en
nuestro crecimiento espiritual. La victoria del creyente no depende de nuestras
emociones, de si tenemos o no tenemos deseos de orar o de servir al Señor. Depende de nuestra obediencia a Dios.
Depende de nuestra constancia en la búsqueda del Señor. Por eso este pasaje
nos exhorta a correr con “los ojos puestos en Jesús.” Porque Jesús ya corrió
esta carrera. Él sufrió, fue humillado, avergonzado y torturado, pero llegó a
la meta obteniendo la más resonante victoria que se haya producido en toda la historia
de la humanidad. “Y se sentó a la diestra del trono de Dios.”
Poner los ojos en Jesús es hacerlo a él el
foco central de nuestras vidas. Es mirarlo a él y no a las circunstancias que
nos rodean. Si nos concentramos en las circunstancias, entonces ellas van a
controlar la situación y van a dirigir nuestra manera de actuar. Pero si
ponemos nuestros ojos en Jesús él se encarga de ellas. Si nos concentramos en
el Señor entonces él toma el control y todo se resuelve. No importa cuán
imposible sea para nosotros.
ORACIÓN. Padre
santo, reconozco que me resulta muy difícil llegar por mí mismo a la meta que
tú has preparado para mí. Por favor ayúdame a mantener mis ojos en Cristo
sabiendo que él me guiará hasta ti y allí podré disfrutar de tu presencia por
la eternidad. En el nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE
SANZ – (DEVOCIONAL DIARIO “DIOS TE HABLA”)


