“Someteos
unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios
maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo
es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que,
como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus
maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la
iglesia, y se
entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el
lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una
iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que
fuese santa y sin mancha.” Efesios 5:21-27
Cuando el apóstol Pablo escribió esta carta a
los cristianos de Éfeso tanto la comunidad judía como la griega se encontraban
llenas de una gran corrupción. El matrimonio había perdido todo valor. La vida
familiar estaba en ruinas. Para los judíos la mujer no tenía ningún valor. Era
prácticamente un objeto que no tenía derecho siquiera a protestar. Entre los
griegos abundaba la prostitución, y la infidelidad y el adulterio eran muy
comunes. Es decir, el hogar y la vida familiar se encontraban en un estado
verdaderamente deprimente. Y es en medio de esta situación que Pablo, inspirado
por el Espíritu Santo, expone dos puntos dirigidos al matrimonio que aún en
nuestros tiempos tienen un valor extraordinario:
1. Las mujeres
deben estar sujetas a sus maridos como al Señor. ¿Por qué? “Porque el marido es
cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia.”
Al igual que en toda otra entidad o
institución en el matrimonio debe haber una cabeza, es decir un líder a quien
seguir. Dios ha establecido que este líder sea el hombre, lo cual indicó
claramente cuando lo creó primero y después creó a la mujer. Y al igual que la
iglesia debe someterse al liderazgo de Cristo, quien es “cabeza de la iglesia”,
la mujer debe someterse a su marido.
2. Los maridos
deben amar a sus mujeres como el Señor amó a la iglesia. Cristo amó a la
iglesia y se dio a sí mismo por ella. El Señor no amó a la iglesia para que la
Iglesia hiciera algo por él, sino para él servir a la iglesia al punto de
entregar su vida en la Cruz del Calvario. De esta manera el marido debe amar a
su esposa. El esposo debe estar siempre dispuesto a sacrificarse por su mujer.
No debe el hombre mirar a su esposa como una especie de sirviente permanente,
sino como alguien a quien honrar y amar.
Todo, pues, gira alrededor del amor. Es de
esta manera que la Palabra exhorta a las esposas a estar sujetas a sus maridos,
tal como deben estar sujetas a Cristo, por medio de un amor verdadero e
incondicional. Y de la misma manera el marido debe entregarse a su esposa con
el mismo amor con que Jesús se entregó por nosotros. Y así como el Señor nos
invita a unirnos a él, enyugados como dos bueyes que halan de un arado o de una
carreta (Mateo 11:28-30), deben unirse el marido y la mujer.
Cuentan de un muchacho que todos los días iba
a la escuela llevando sobre sus hombros a su hermanito más pequeño, el cual era
inválido. Un hombre que lo había estado observando por un tiempo, en una
ocasión lo detuvo y le preguntó:
– “¿Para donde tú vas, muchacho?”–
– “Para la escuela” –replicó el jovencito.
– “¿Y tú vas todos los días a la escuela cargando este
niño?”–
– “Sí señor”, le contestó.
– “¡Te compadezco! Debe ser una carga muy pesada para ti”,
le dijo el hombre.
Y el muchacho le contestó: “No es una carga,
señor. Es mi hermanito.”
El amor que este muchacho sentía por su
hermanito no permitía que él lo considerara una carga.
Para muchos el matrimonio es una pesada carga
que por regla general termina en divorcio. Pero a través del amor de Cristo
deja de ser una carga para convertirse en un remanso de paz. Para ello es
necesario depender plenamente de Dios. No puede haber paz en una persona si no
mantiene una buena relación con su Padre celestial. No puede una esposa estar
sujeta a su marido sin antes estar sujeta a Cristo. No puede un marido amar
verdaderamente a su mujer sin antes sentir el amor de Cristo en su vida. Ya
seas una persona casada o que pienses casarte algún día, haz tuya esta
enseñanza y aplícala en tu vida.
ORACIÓN. Bendito
Padre celestial, te ruego me llenes de tu paz y de tu amor para que yo pueda
compartirlo en mi hogar, y tu nombre sea glorificado por medio de nuestra
entrega y nuestra dependencia de ti. En el nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE
SANZ - (DEVOCIONAL DIARIO “DIOS TE HABLA”)


