“Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque
estoy en angustia; se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi
cuerpo. Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar; se
agotan mis fuerzas a causa de mi iniquidad, y mis huesos se han consumido.”
Salmo 31:9-10
Todo ser humano durante el transcurso de su
vida experimenta en algún momento tristeza en mayor o menor grado. Este
sentimiento se repite una y otra vez durante nuestra existencia y las causas
que lo motivan son muy variadas. La pérdida de un ser querido, la ruptura de
una relación sentimental, problemas relativos a los hijos, una mala situación
económica y otras razones por el estilo pueden hacernos caer en un estado de
tristeza tan profunda que lleguen a agotar nuestras fuerzas. En el pasaje de
hoy, estando en el exilio y perseguido por el rey Saúl, David nos habla de este
tipo de tristeza. Dice: “Se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también
y mi cuerpo.” Después declara que sus fuerzas se agotan y siente que hasta sus
huesos “se han consumido.”
¿Es normal que un hijo de Dios sienta
tristeza? Desde luego que sí. La experiencia nos enseña que, al igual que los
no creyentes, mientras caminamos en este mundo los cristianos encontramos
muchas pruebas, algunas de las cuales traen con ellas una gran dosis de
aflicción y tristeza que afectan nuestras vidas profundamente. Jesús mismo en
ocasiones sintió tristeza. En Getsemaní, a pocas horas de su muerte en la cruz,
se sintió muy triste, tan triste que les dijo a sus discípulos: “Mi alma está
muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.” (Mateo 26:38).
Pero en medio de su tristeza Jesús no sólo les pidió a ellos que se mantuvieran
en oración, sino que él mismo se postró y clamó al Padre tres veces sometiendo
a él su voluntad. Entonces la tristeza
desapareció y Dios le dio la paz y la fortaleza que él necesitaba para
enfrentarse a la terrible cruz.
Aun en medio de la más grande de las tristezas
debemos clamar a Dios confiando que él tiene el poder para reemplazar esa
tristeza con el perfecto gozo que proviene del Espíritu Santo. El apóstol Pablo
estaba preso en Roma cuando escribió la Epístola a los Filipenses. Con
seguridad las condiciones que le rodeaban traían tristeza y ansiedad a su
corazón. Sin embargo Pablo, basado en su propia experiencia, les dice a los
filipenses: "Regocijaos en el Señor siempre." Y los exhorta a orar y
a dar gracias a Dios, y entonces les asegura que “la paz de Dios, que sobrepasa
todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en
Cristo Jesús.” (Filipenses 4:4-7). Cuando David clamó en medio de su tristeza,
el Señor lo oyó, y lo fortaleció, y lo llenó de gozo. Por eso él termina el
Salmo 31 aconsejando y alentando a todos aquellos que por una razón u otra
están tristes: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome
aliento vuestro corazón.” (Salmo 31:24).
¿Qué debemos hacer cuando nos sentimos
tristes? La Palabra de Dios nos da pautas a seguir para combatir la tristeza y
sentir paz y gozo en nuestros corazones. Jesús advirtió a sus discípulos: “En
el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan
16:33). Nadie está exento de pasar por momentos de aflicción y tristeza. La diferencia estriba en la manera de
reaccionar en esos momentos. En el pasaje de hoy David clama por la
misericordia de Dios. Más adelante en el versículo 14 de este Salmo 31, él
declara: “Mas yo en ti confío, oh Jehová; digo: Tú eres mi Dios.” De esta
manera reaccionó David en medio de su aflicción: Clamó a Dios, confió en él y
el Señor lo escuchó. Así dice el versículo 22: “Tú oíste la voz de mis ruegos
cuando a ti clamaba.” También en el Salmo 30:11 David declara: “Has cambiado mi
lamento en baile. Desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.” Si meditamos
en la experiencia del rey David llegaremos a la conclusión de que él encontró
remedio para su tristeza clamando a Dios y confiando en él.
Muy difícilmente podemos escapar a los momentos
de tristeza en nuestras vidas, pero podemos aprender de esta enseñanza lo que
debemos hacer para salir triunfantes y llenos de paz de esas situaciones.
Confiar en el Señor es la clave.
ORACIÓN. Padre
santo, me postro delante de tu trono de gracia, trayendo ante ti mi tristeza y
mi desaliento. A ti clamo desde lo más profundo de mi corazón sabiendo que tú
puedes cambiar mi lamento en baile. En el nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE
SANZ – (DEVOCIONAL DIARIO “DIOS TE HABLA”)


