viernes, 14 de diciembre de 2018

A veces es bueno llorar 14 diciembre





“Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas. Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores.” Salmo 6:6-7


Para muchos cristianos la aflicción presenta un dilema. Cuando sienten dolor producto de alguna pérdida u otra difícil situación a menudo lo ocultan, creyendo que deben demostrar alegría externamente independientemente de lo que haya sucedido. Pero no es esto lo que nos enseña la Biblia. Llorar es natural y puede ser beneficioso en ocasiones. El llanto permite el desahogo de sentimientos que, de acumularse, pueden llegar a afectarnos profundamente en el aspecto sicológico y emocional. Muchas personas han llegado a un estado depresivo porque de alguna manera se las arreglaron para mantener su tristeza en secreto. Poco a poco fueron acumulando dentro de ellas el dolor y la aflicción por la que estaban pasando prefiriendo sufrir solas. Claro que no debemos dejarnos controlar por el llanto y la tristeza, sino debemos estar conscientes de que, aunque es algo natural en esta vida, tenemos un Padre amoroso en quien podemos apoyarnos y del cual vamos a obtener siempre el oportuno socorro, el consuelo y la solución de aquello que nos hace sufrir.

Dios nunca nos pide que tratemos por todos los medios de ocultar el dolor que hay en nuestros corazones. Su Palabra nos exhorta a “llorar con los que lloran” así como también a “gozarnos con los que se gozan.” (Romanos 12:15). Es decir, debemos apoyarnos unos a otros mientras pasamos juntos por el proceso de la aflicción de la misma manera que nos gozamos juntos en los momentos de felicidad. Jesús nos dio el ejemplo cuando visitó a María y a Marta después de la muerte de Lázaro. Sintiendo el dolor de ambas hermanas y de los amigos que las acompañaban, el Señor compartió sus lágrimas con ellos. Dice Juan 11:33-36: “Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.”

En el pasaje de hoy, parte del Salmo 6, David, estando muy enfermo y asediado por sus enemigos, derrama su dolor y su tristeza cuando dice: “Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho...” Durante un tiempo David lloró todas las noches en su lecho, pero no dejó de clamar a Dios por su ayuda y su consuelo. Y al final pudo declarar el fin de sus aflicciones: “Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad; porque Jehová ha oído la voz de mi lloro. Jehová ha oído mi ruego; ha recibido Jehová mi oración.” (v.8-9).

El apóstol Pablo, después de su conversión pasó el resto de su vida "sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas", según declaró en Hechos 20:19. Pero siempre mantuvo una firme relación con el Señor lo cual le permitió en ocasiones regocijarse en medio de una prueba. Por ejemplo, cuando escribió su carta a los filipenses Pablo estaba preso en una cárcel romana y a la espera de una muerte casi segura. Sin embargo él los animó diciéndoles: “Regocijaos en el Señor siempre.” (Filipenses 4:4). Pensar que pronto estaría con su Señor era para él motivo de gozo, aunque en aquel momento estuviese pasando por muchos sufrimientos.

Para los cristianos debe ser motivo de gozo saber que los sufrimientos de esta vida son transitorios y que nos espera toda una eternidad en la que disfrutaremos de la paz y el gozo de Dios, pero esto no quiere decir que mientras llega ese momento no vamos a sufrir y a llorar en ocasiones. No temas llorar si estás pasando por momentos de aflicción; no hay nada de malo en eso. Pero no olvides que el Señor está muy atento a tus problemas y que anhela abrazarte y llorar junto contigo, consolarte y asegurarte que nada ni nadie podrá evitar que disfrutes de la victoria que él obtuvo para ti en el Calvario. Aférrate a esta verdad y deposita tu confianza en tu Padre celestial con la seguridad de que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”, como declara Romanos 8:28.


ORACIÓN. Gracias, mi Padre amado, por la seguridad que tu Palabra me hace sentir de que en medio de mi aflicción se mueve tu Santo Espíritu para consolarme, fortalecerme y llenar de gozo mi corazón. Te alabo y te exalto. En el nombre de Jesús, Amén.



ENRIQUE SANZ – (DEVOCIONAL DIARIO “DIOS TE HABLA”)









TRADUCCIÓN