“Me he consumido a fuerza de gemir; todas las
noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas. Mis ojos
están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis
angustiadores.” Salmo 6:6-7
Para muchos cristianos la aflicción presenta
un dilema. Cuando sienten dolor producto de alguna pérdida u otra difícil
situación a menudo lo ocultan, creyendo que deben demostrar alegría
externamente independientemente de lo que haya sucedido. Pero no es esto lo que
nos enseña la Biblia. Llorar es natural y puede ser beneficioso en ocasiones.
El llanto permite el desahogo de sentimientos que, de acumularse, pueden llegar
a afectarnos profundamente en el aspecto sicológico y emocional. Muchas
personas han llegado a un estado depresivo porque de alguna manera se las
arreglaron para mantener su tristeza en secreto. Poco a poco fueron acumulando
dentro de ellas el dolor y la aflicción por la que estaban pasando prefiriendo
sufrir solas. Claro que no debemos dejarnos controlar por el llanto y la
tristeza, sino debemos estar conscientes de que, aunque es algo natural en esta
vida, tenemos un Padre amoroso en quien podemos apoyarnos y del cual vamos a
obtener siempre el oportuno socorro, el consuelo y la solución de aquello que
nos hace sufrir.
Dios nunca nos pide que tratemos por todos
los medios de ocultar el dolor que hay en nuestros corazones. Su Palabra nos
exhorta a “llorar con los que lloran” así como también a “gozarnos con los que
se gozan.” (Romanos 12:15). Es decir,
debemos apoyarnos unos a otros mientras pasamos juntos por el proceso de la
aflicción de la misma manera que nos gozamos juntos en los momentos de
felicidad. Jesús nos dio el ejemplo cuando visitó a María y a Marta después de
la muerte de Lázaro. Sintiendo el dolor de ambas hermanas y de los amigos que
las acompañaban, el Señor compartió sus lágrimas con ellos. Dice Juan 11:33-36:
“Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también
llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis?
Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad
cómo le amaba.”
En el pasaje de hoy, parte del Salmo 6,
David, estando muy enfermo y asediado por sus enemigos, derrama su dolor y su
tristeza cuando dice: “Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches
inundo de llanto mi lecho...” Durante un tiempo David lloró todas las noches en
su lecho, pero no dejó de clamar a Dios por su ayuda y su consuelo. Y al final
pudo declarar el fin de sus aflicciones: “Apartaos de mí, todos los hacedores
de iniquidad; porque Jehová ha oído la voz de mi lloro. Jehová ha oído mi
ruego; ha recibido Jehová mi oración.” (v.8-9).
El apóstol Pablo, después de su conversión
pasó el resto de su vida "sirviendo al Señor con toda humildad, y con
muchas lágrimas", según declaró en Hechos 20:19. Pero siempre mantuvo una firme relación con el Señor lo cual le
permitió en ocasiones regocijarse en medio de una prueba. Por ejemplo,
cuando escribió su carta a los filipenses Pablo estaba preso en una cárcel
romana y a la espera de una muerte casi segura. Sin embargo él los animó
diciéndoles: “Regocijaos en el Señor siempre.” (Filipenses 4:4). Pensar que
pronto estaría con su Señor era para él motivo de gozo, aunque en aquel momento
estuviese pasando por muchos sufrimientos.
Para los cristianos debe ser motivo de gozo
saber que los sufrimientos de esta vida son transitorios y que nos espera toda
una eternidad en la que disfrutaremos de la paz y el gozo de Dios, pero esto no
quiere decir que mientras llega ese momento no vamos a sufrir y a llorar en
ocasiones. No temas llorar si estás pasando por momentos de aflicción; no hay
nada de malo en eso. Pero no olvides que el Señor está muy atento a tus
problemas y que anhela abrazarte y llorar junto contigo, consolarte y asegurarte
que nada ni nadie podrá evitar que disfrutes de la victoria que él obtuvo para
ti en el Calvario. Aférrate a esta verdad y deposita tu confianza en tu Padre
celestial con la seguridad de que “a los que aman a Dios, todas las cosas les
ayudan a bien”, como declara Romanos 8:28.
ORACIÓN. Gracias,
mi Padre amado, por la seguridad que tu Palabra me hace sentir de que en medio
de mi aflicción se mueve tu Santo Espíritu para consolarme, fortalecerme y
llenar de gozo mi corazón. Te alabo y te exalto. En el nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE
SANZ – (DEVOCIONAL DIARIO “DIOS TE HABLA”)


