“Uno de los discípulos le dijo, Señor,
enséñanos a orar… Y les dijo: Cuando oréis, decid… Venga tu reino.” Lucas
11:1-2
Cuando ellos dijeron “enséñanos a orar”, el Maestro elevó
Su mirada y la pasó por el lejano horizonte de Dios. El reunió el sueño final
de lo Inmortal y recogiendo todo lo que Dios intenta hacer durante la vida del
hombre, lo expresó en las siguientes breves y fértiles palabras, "cuando
oréis, orad de esta manera."
El contraste que existe entre esto y las muchas oraciones
que hemos oído es grandísimo. Cuando seguimos los designios de nuestro corazón,
¿qué pedimos? "Oh Señor, bendíceme, bendice mi familia, mi iglesia, mi pueblo,
mi país," y al final pedimos por la extensión de Su Reino por medio de la
gran parroquia del mundo.
El Maestro comienza donde nosotros terminamos. El mundo
primero, mis necesidades personales después, es el orden que se sigue en esta
oración. Cuando mi oración ha cruzado todos los continentes y las islas más
lejanas de los mares, después que ha incluido al último hombre de la raza menos
civilizada, después que ha expresado por completo el deseo y el propósito de
Dios para el mundo, entonces solamente es cuando se me enseña que pida un
pedazo de pan para mí.
Si Jesús se dio a El mismo por nosotros y a en la sagrada
extravagancia de la Cruz, ¿es mucho si El nos pide que hagamos la misma cosa?
Ningún hombre o mujer tiene valor alguno en el reino, ni ninguna alma jamás
toca aun el borde de la zona del poder, hasta que aprende que lo que a Cristo
le interesa es el supremo negocio de la vida y que todas las consideraciones de
la vida, por muy queridas o importantes que puedan ser, están subordinadas a
ella. –DR.
FRANCIS.
"Y Su reino no tendrá fronteras." (Lucas 1:33,
Vers. Antigua Moravia).
"La empresa misionera no es el reparo de la Iglesia;
sino la presencia de Cristo." –HENRY VAN DYKE.
L.
B. COWMAN - (DEV. “MANANTIALES EN EL DESIERTO”)


