Jeremías, el
profeta, fue un hombre que fijó su corazón en buscar al Señor; y la Palabra de
Dios vino a él. Una y otra vez leemos del profeta: “Vino palabra de Jehová a
Jeremías”.
Muchos
comentaristas llaman a Jeremías el profeta llorón, y eso era verdad. Pero
también nos trajo el evangelio más feliz y loable en todo el Antiguo
Testamento. Después de todo, él predijo la gloria venidera del Nuevo Pacto: “Y haré con ellos
pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien” (Jeremías 32:40).
“Y el alma del sacerdote satisfaré con abundancia, y mi pueblo será saciado de
mi bien, dice Jehová” (31:14).
Bueno, ¡esa es
una buena noticia! El Nuevo Pacto está lleno de misericordia, gracia, gozo, paz
y bondad. Pero, la historia detrás de cada una de las palabras de Jeremías aquí
incluye un profundo quebrantamiento.
Jeremías
escribió: “¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi
corazón se agita dentro de mí; no callaré; porque sonido de trompeta has oído,
oh alma mía, pregón de guerra” (4:19).
Jeremías
lloraba con lágrimas santas que no eran suyas. De hecho, el profeta en realidad
oyó a Dios hablar de su propio corazón quebrantado. Primero, el Señor le
advirtió a Jeremías que iba a enviar un juicio sobre Israel. Luego le dijo al
profeta: “Por los montes levantaré lloro y lamentación, y llanto por los
pastizales del desierto” (9:10). La palabra griega usada para ‘lamentación’
aquí significa llorar. Dios mismo estaba llorando por el juicio que vendría
sobre su pueblo.
El Señor
comparte con nosotros su propio sentir y sus pensamientos. Estamos viviendo
tiempos de vida o muerte en este momento y te insto a que fijes tu corazón en
buscar a Dios con toda diligencia y determinación. Luego ve a su Palabra con
amor y deseo cada vez mayores. Él será fiel a su Palabra y te guiará a todo lo
que él quiera revelarte.
DAVID WILKERSON - (DEVOCIONAL DIARIO “ORACIONES”)


