“Jesús... se levantó de la cena, y se quitó su
manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y
comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con
que estaba ceñido. ” Juan 13:3-5
(Leer Deuteronomio 34 – Hebreos 3 – Salmo 120 – Prov. 27:11-12)
Era la última
noche que Jesús pasaba con sus discípulos. La hora era difícil porque Jesús, a
quien nadie comprendía, iba a ser crucificado. Pero deseaba tener esos momentos
de intimidad con los suyos para dejarles un último mensaje. Antes de hablarles,
hizo lo que ninguno de sus discípulos esperaba: ¡Él, el Maestro, les lavó los
pies!
Jesús es Dios
“manifestado en carne” (1ª Timoteo 3:16); se humilló para cumplir humildemente
la tarea de un siervo. Aquel en cuyas manos Dios el Padre había puesto todo,
ahora empleaba sus manos para lavar los pies de sus amigos. Algunas horas más
tarde, esas mismas manos serían perforadas con clavos, manifestación a la vez
del odio de los hombres y del amor de Jesús, que dio su vida por nosotros. Lo que el Señor hizo en la última cena
muestra el amor de Dios, que va hasta el final y se expresa en el servicio más
humilde.
También es una
ilustración de lo que Jesús resucitado, ahora sentado a la diestra de Dios,
hace a favor de los creyentes. En la cruz, la sangre del Señor fue derramada
para purificarnos de nuestros pecados. Ahora, como Hombre glorificado en el
cielo, ora continuamente por nosotros (Hebreos 7:25). Así como se ocupaba de
los suyos mientras estaba en la tierra y les lavaba los pies, quiere
purificarnos del mal que nos ensucia. Mediante la Biblia, Jesús habla a nuestro
corazón y a nuestra conciencia, y nos lleva a la confesión que nos libera (1ª
Juan 1:9). Su objetivo es hacernos felices, sin sombra alguna, en la presencia
de Dios.
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL "LA BUENA
SEMILLA")


