¿Conoces a un
padre que ya no le habla a su hijo? Tal vez fueron cercanos alguna vez, pero
fueron dichas palabras duras durante una discusión y no han hablado desde
entonces. O tal vez conoces a una pareja casada que rara vez se comunican y no
disfrutan de la compañía mutua. Estas personas tienen una relación, pero no
tienen comunión entre ellos.
Como
cristianos, tenemos una relación con Dios, él es nuestro Padre y nosotros somos
sus hijos, pero eso no significa que necesariamente tengamos el tipo de
comunión con él que él planeó para nosotros. Las escrituras de grandes líderes
cristianos de hace cien años o menos, ponen un fuerte énfasis en la comunión
bidireccional entre el Señor y su pueblo, pasando tiempo en su presencia solo
escuchando su voz.
Nuestro mejor
modelo para esto es Jesús, quien a menudo “se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16).
Aunque era el Hijo de Dios, Jesús consideró necesario pasar tiempo a solas con
el Padre en oración, para discernir lo que Dios quería que él hiciera. Él
escuchaba a su Padre en busca de dirección y en busca del tema mismo de su
enseñanza: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”
(Juan 14:24).
Fue mientras
tenía comunión con el Padre, que Jesús fue dirigido a escoger doce hombres para
ser sus seguidores. “Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y
vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para
enviarlos a predicar” (Marcos 3:13-14). Notamos que la primera razón que Marcos
da para designar a los Doce fue para que pudieran estar con él. Cuando Jesús llamaba a alguien, la comunión
venía antes que el ministerio.
Cuando
descuidamos nuestra comunión con él, nos debilitamos; tenemos menos fe, menos
gracia y más estrés. Sucede algo especial cuando estamos con Jesús, cuando
estamos en la presencia de Dios, algo que nos ayuda a tener más paz y gozo.
JIM CYMBALA - (DEVOCIONAL DIARIO “ORACIONES”)


