“Pero ahora, aparte de la Ley, se ha manifestado la
justicia de Dios, testificada por la Ley y por los Profetas.” Romanos 3:21
(Leer Romanos 3:21-26)
Esto es lo que
Pablo llama en otro sitio “el glorioso evangelio del Dios bienaventurado” (1ª
Timoteo 1:11), las buenas nuevas que Dios nos ha anunciado, que consisten de un
don que Dios nos da: la justicia de Dios mismo. Esta palabra justicia es
extremadamente malentendida en nuestro día. A menudo es asociada con
comportamiento. Si la gente se está comportando de forma apropiada, decimos que
se están comportando justamente. Pero en el libro de Romanos la justicia no
concierne directamente al comportamiento. ¡No es lo que haces; es lo que eres!
Eso es incluso más importante, porque el comportamiento tiene raíz en lo que
eres. El don sobre el que Pablo está hablando, es el don de Dios, es el de
tener un estatus justo.
Pero el
verdadero significado subyacente de esta palabra, tal y como lo entendemos hoy,
se encuentra en la palabra valía. En todas partes la gente está buscando un
sentido de valía. Los psicólogos nos dicen que este sentido de valía es el
elemento más esencial en la actividad humana, y sin ello no puedes funcionar
como ser humano. Por lo tanto, lo sepamos o no, o lo describamos en estos
términos, todos estamos buscando un sentido de valía. Pero el evangelio anuncia
que nos es dado. Lo que otra gente
trabaja toda su vida para conseguir nos es dado justo al principio, cuando
creemos en Jesucristo. De acuerdo al evangelio, no podemos ganarlo, pero
nos es dado.
Hay millones de
personas hoy que están abiertamente reconociendo que necesitan ayuda, y que
vienen buscando ayuda. Hay otros que nunca piden, pero detrás de sus aparentes
sonrisas y aires de confianza hay corazones inseguros y una conciencia de
profunda duda. Este es el problema básico de la humanidad. Este evangelio, por
lo tanto, está tratando con algo tremendamente significativo. No tiene sólo que
ver con lo que ocurre cuando te mueres. Esta es una de las razones por las
cuales muchas iglesias hoy en día están medio vacías; tantas personas no saben
que valía personal es de lo que se trata el evangelio. Mucho más profunda que
la necesidad de saber que algún ser humano nos ama es nuestra necesidad de
saber que Dios nos ama, y de que somos aceptables frente a Él, que tenemos
posición y valor y valía para Él. Algo sobre nosotros, esa pizca de eternidad
plantada en nuestros corazones por Dios mismo, nos presenta testimonio de que
este es el asunto definitivo. De alguna manera la vida nunca puede ser
satisfactoria si ese asunto no es establecido.
Lo que Dios
está ofreciendo es el don de justicia: Su propia justicia perfecta, que no
puede ser mejorada, un valor perfecto. Por fe en Jesucristo, Él nos da un
sentido de valía y aceptación, y no podría haber mejores noticias para la
humanidad.
ORACIÓN. Gracias, Padre, que conoces mi más
profunda necesidad de un sentido de valía y que lo has proveído para mí por
medio de la obra de Jesús.
APLICACIÓN PARA LA VIDA. ¿Cómo
respondemos a la pregunta: “¿Quién soy?”? ¿Pensamos y vivimos con gratitud como
personas de valía a causa del don de la justicia maravillosa e inmerecida de
Dios? ¿O continuamos vanamente buscando la afirmación mundanal?
RAY STEADMAN - (DEV. "EL PODER DE SU PRESENCIA")


