“Entonces Jesús les dijo: Dejen a los niños y no
les impidan venir a mí, porque de los tales es el reino de los cielos.” Mateo
19:14 (Leer Salmo 8:1-2)
Siempre es muy
bonito y alegre, oír a niños y niñas entonar canciones de alabanza a nuestro
Señor; quizás sea porque cuando los pequeños levantan sus dulces voces
infantiles en adoración a nuestro Dios, lo hacen honestamente y sin importarles
mucho lo afinadas que estén sus voces. Lo hacen por amor a su buen amigo Jesús.
El Salmo 8
comienza ofreciéndonos un contraste asombroso. David dice que Dios ha revelado
su gloria por medio de la majestad de los cielos que Él hizo, pero por si acaso
alguien duda sobre quién es Dios, sus verdades surgirán de las inocentes
expresiones de los niños(as): « De la boca de los pequeños y de los que todavía
maman has establecido la alabanza frente a tus adversarios para hacer callar al
enemigo y al vengativo» (v. 2).
Los líderes
religiosos se escandalizaron porque los niños corrían por el templo exclamando:
“¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21:15-16). Como respuesta Jesús citó ese
mismo Salmo 8:2; Dios mismo les había revelado en sus corazones infantiles que
era verdad lo que estaban diciendo; ellos estaban en lo correcto, mientras que
los líderes religiosos se equivocaban. Jesús era el Hijo de Dios tan esperado
durante tantos años.
Atesoremos en nuestros corazones esos momentos en
los que vemos a un pequeño hacer sus sencillas oraciones antes de dormir, o por sus
alimentos, ellos expresan con toda sencillez y honestidad lo que está en sus
corazones. Esto nos debería hacer pensar en cuán sinceras son nuestras
oraciones, cómo ha crecido nuestra fe, o si nuestra fe en Jesús es tan firme y
sin duda como la de un niño.
Como padre,
algunos de los momentos que más recuerdo son cuando me arrodillaba por las
noches al lado de la cama de mis hijos, y ellos le expresaban a Dios lo que
tenían en el corazón. La sencillez de su amor y confianza mientras oraban, me
conmovían profundamente, disipaba mis dudas y temores, y hacía que me aferrara
más a la fe.
1. Nunca debemos menospreciar la alabanza
sincera de los niños que han puesto su fe en el Señor (Mateo 18:6,10), su
testimonio es tan grandioso como las estrellas que vemos en el firmamento.
2. Los niños y niñas son preciosas joyas
de nuestro Señor, ayúdalos a brillar para Cristo.
HG/MD -
(DEVOCIONAL DIARIO “MI DEVOCIONAL”)


