(Leer Génesis 46; Marcos 16; Job 12; Romanos 16)
Los últimos
tres versículos de Romanos son extraordinarios (Romanos 16:25–27). Constituyen
formalmente una doxología, palabras de alabanza a Dios, al que se presenta como
el “que puede fortaleceros a vosotros conforme a mi evangelio” (16:25), y que
vuelve a mencionarse en el versículo 27: “¡Al único sabio Dios, sea la gloria para siempre por medio
de Jesucristo! Amén”. Así pues, en este contexto, la sabiduría de
Dios, presupuesta en la expresión “al único sabio Dios”, se pone de manifiesto
en su capacidad para establecer a los cristianos romanos por el evangelio de
Pablo.
Este evangelio
se describe más detalladamente en las líneas intermedias y aquí la sabiduría de
Dios es particularmente sorprendente. Se nos dice que él fortalece a las
personas por el Evangelio, por la proclamación de Jesucristo, según la
revelación del misterio escondido durante largos siglos (16:25). En cierto
sentido, no quedaba claro en qué se centraba el Evangelio, ni su alcance.
Permaneció en secreto hasta la venida de Jesucristo. Incluso cuando él estuvo
aquí, sus propios discípulos no comprendieron, antes de la cruz y la
resurrección, que él, el Mesías, también sería el siervo sufridor que pasaría
por una muerte odiosa para redimir a los pecadores perdidos.
Sin embargo,
aunque este Evangelio se mantuvo escondido “durante largos siglos”, ahora es
“revelado por medio de los escritos proféticos, según su propio mandato
(16:26). Suena como si el Evangelio hubiese sido revelado “por medio de los
escritos proféticos”, esto es, por medio de las Escrituras. Así pues, por un lado,
ha sido escondido en el pasado pero ahora es revelado; por otro lado, ha sido
profetizado en el pasado, y ahora se cumple. ¿Cómo pueden ser ciertas ambas
cosas de forma simultánea?
Parte de la
respuesta se encuentra en las formas en que el Evangelio se predice en el
Antiguo Testamento. Muchas de las predicciones vienen envueltas en “tipos” o
modelos de lo venidero. Una vez cumplidas, podemos ver que Jesús es el
verdadero templo, el lugar de reunión definitivo entre Dios y los pecadores
creados a su imagen; el verdadero Cordero pascual; el sacerdote supremo; el
“Hijo de Dios”; el rey davídico definitivo. De hecho, descubrimos muchas pistas
a lo largo del camino. Por ejemplo, leemos las profecías de un nuevo pacto y
reflexionamos en cómo tales anuncios vuelven obsoleto el nuevo pacto en
principio y nos llevan a esperar una nueva configuración. Sin embargo, nadie
esperaba que la misma persona cumpliese todas estas imágenes y tipos en sí
mismo. De hecho, algunos judíos del primer siglo esperaban dos mesías, uno
davídico y otro sacerdotal. No obstante, vemos a Jesús y su Evangelio, predicho
de forma exhaustiva, aunque escondido durante siglos, y ahora revelado “para
que todas las naciones obedezcan a la fe” (16:26).
DONALD CARSON A. - (DEVOCIONAL "POR AMOR A
DIOS II")


