“Luego el Señor pasó delante de Moisés,
y proclamó: '¡EL SEÑOR! ¡EL SEÑOR! ¡Dios misericordioso y clemente! ¡Lento para
la ira, y grande en misericordia y verdad! ¡Es misericordioso por mil
generaciones! ¡Perdona la maldad, la rebelión y el pecado, pero de ningún modo
declara inocente al malvado! ¡Castiga la
maldad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos, hasta la tercera
y cuarta generación!'” Éxodo 34:6-7
Ya han pasado
siete años desde que el mundo notó a la pequeña isla de Haití, cuando esta fue
sacudida por un terrible terremoto. Las noticias empezaron a reportar que
decenas, cientos de miles habían perecido, y que muchos más habían quedado
heridos y sin hogar. Entonces muchos decidieron ayudar, enviando alimentos,
ropa y dinero, orando, o yendo personalmente.
De entre la
comunidad cristiana se escuchó una voz (no mencionaré el nombre de la persona)
que dijo que el terremoto era un castigo divino para los habitantes de Haití,
porque en un momento, hace muchos generaciones habían hecho un pacto con el
diablo.
Con tal
afirmación yo tengo un problema.
En la Biblia,
cuando Dios iba a infligir castigo a su pueblo, enviaba a un profeta, algunas
veces a un grupo de profetas, para advertir a las personas lo que les ocurriría
si no se arrepentían.
Dios siempre
les daba la oportunidad de enmendar sus caminos. Si lo hacían, ¡maravilloso! Si
no, el castigo se encargaba de las cosas.
Esta es la
primera vez que oí que Dios enviara un profeta DESPUÉS que el castigo tuviera
lugar. Es la primera vez que oí de un profeta que no dijo lo que ocurriría,
sino que explicó lo que acababa de ocurrir.
Sin duda alguna
Dios castiga el pecado. Y las Escrituras dicen que si los nietos copian los
pecados de los abuelos, ellos recibirán castigo igualmente. Pero esta clase de
interpretación de eventos naturales muestra la figura de un Dios Trino que me
hace sentir incómodo.
Mi Señor envió
a su Hijo para salvar a los perdidos y traerlos de la oscuridad a la luz; para
ser el médico de quienes están enfermos del alma. Mi Salvador es quien lloró a
causa de una Jerusalén que no se arrepentía ni se mantenía unida.
Ésta es, sin
duda, una mucho mejor y más exacta figura de nuestro Dios de misericordia y
amor.
ORACIÓN: Amado Padre celestial, estoy
profundamente arrepentido por los pecados que he cometido. Me regocijo en el
perdón que me das a través del sacrificio del Salvador... un perdón completo y
total. En el nombre del Salvador. Amén.
CRISTO PARA TODAS LAS N. - (DEV. “ALIMENTO DIARIO”)


