“Todo lo que
hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la
vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa,
y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” 1ª
Juan 2:16-17
Cuando Dios creó el mundo todo era perfecto y lleno de
paz y amor. La maldad y el pecado que existen actualmente hicieron su aparición
cuando los primeros seres humanos desobedecieron a su Creador y escucharon a
Satanás. Dice Romanos 5:12: “Por tanto el pecado entró en el mundo por un
hombre, y por el pecado la muerte.” Cada una de las generaciones siguientes
añadió algo a esa primera falta. Después del diluvio, los hombres, en vez de
dispersarse por toda la tierra como era la intención de Dios se unieron movidos
por su orgullo y dijeron: “Edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide
llegue al cielo; y hagámonos un nombre.” (Génesis 11:4). Por eso Dios confundió
su lengua, de manera que no se entendían entre sí, y los esparció sobre la faz
de la tierra. Por último, la perversa naturaleza del hombre fue revelada en
toda su intensidad en la manera en que trataron al Hijo de Dios. Desde el
nacimiento de Jesús hasta su muerte en la cruz, la humanidad lo persiguió con
su odio y lo excluyó de su vida. “A lo suyo vino, y los suyos no le
recibieron”, dice Juan 1:11. Nada de esto “proviene del Padre, sino del mundo”,
dice el pasaje de hoy. Los deseos de la carne, la lujuria, la ambición
desmedida, la soberbia, el orgullo, todo esto trae desgracia y condenación,
pero “el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.”
Romanos 8:5-6 confirma lo anterior de la siguiente
manera: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero
los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la
carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.” La diferencia
entre una y otra actitud se manifiesta fundamentalmente en las consecuencias.
La obediencia al pecado trae miseria y desgracia a la persona que lo practica,
a su familia y a aquellos que están a su alrededor, mientras que la obediencia
a la palabra de Dios trae paz, gozo y victoria para ellos. El salmista lo
expresó claramente en el Salmo 119:44-45 cuando declaró: “Guardaré tu ley
siempre. Para siempre y eternamente. Y andaré en libertad, porque busqué tus
mandamientos.”
Todo ser humano tiene ante sí una decisión que debe
tomar: Vivir bajo los conceptos y pasiones de la carne o bajo la ley del
Espíritu de vida en Cristo Jesús. Los resultados de esta decisión están
claramente expuestos en la Biblia: “Ninguna condenación hay para los que están
en Cristo Jesús.” (Romanos 8:1). El pagó por todos nuestros pecados y está
siempre listo a darnos las fuerzas que necesitamos para permanecer viviendo
conforme al Espíritu y no conforme a la carne. Sin embargo, aquellos que rechazan
la voluntad de Dios, que no están dispuestos a vivir conforme al Espíritu y
prefieren disfrutar de los placeres de la carne les espera exactamente lo
contrario.
En el capítulo 25 del Evangelio según Mateo, a partir del
versículo 31, la Biblia describe aquel momento cuando el Hijo del Hombre venga
en su gloria a juzgar a las naciones. Allí el Señor separará a todo el mundo en
dos grupos. A su derecha estarán los que creyeron en él y actuaron conforme al
Espíritu de vida, y a su izquierda los que rechazaron su sacrificio y
prefirieron vivir siguiendo los deseos y pasiones de la carne. “Estos irán al
castigo eterno, y los justos a la vida eterna”, declara el Señor en Mateo
25:46.
No es nada fácil luchar contra los deseos de la carne,
pues están profundamente integrados en nuestra propia naturaleza. Además,
alrededor de nosotros hay infinidad de tentaciones de todo tipo que
constantemente llaman nuestra atención y nos incitan a actuar en contra de la
voluntad de Dios. Pero el Espíritu Santo está siempre dispuesto a darnos
fuerzas y a ayudarnos si acudimos a él en oración.
¿Los deseos de la carne o la voluntad de Dios? Al final
la decisión es tuya. Mantén una íntima comunión con el Señor y tendrás las
fuerzas y el valor para obedecerle siempre.
ORACIÓN: Bendito Padre celestial, te ruego me des las fuerzas y
la sabiduría para rechazar todas las tentaciones que me impulsan a buscar los
placeres de la carne, de manera que yo pueda vivir conforme al Espíritu de vida
haciendo siempre tu voluntad. En el nombre de Jesús te lo pido, Amén.
ENRIQUE SANZ - (DEVOCIONAL "DIOS TE HABLA")


