“Mi refugio y mi escudo eres tú; en tu palabra he
puesto mi esperanza.” Salmos 119:114 (Leer: 1 Samuel 3:1-15)
Se cuenta que
hace ya algunos años, un adulto mayor estaba muy enojado con un hombre que
insistentemente lo llamaba. Ya habían sido unas doce llamadas mediante las
cuales le indicaban que lo llamaban desde la casa presidencial, lo cual no
consideraba probable.
Estaba tan
seguro que se trataba de una broma, que cuando la persona le decía que era de
casa presidencial, inmediatamente cortaba la llamada. Finalmente fueron a su
casa, y en compañía de un vecino lo convencieron de que el mismo presidente
quería reunirse con él en su oficina. Gracias a ello, aquel hombre quien
representaba a una generación pensionada, que había dado lo mejor durante sus
años de servicio, pudo recibir un reconocimiento público de parte del señor
presidente, por una larga vida de trabajo al servicio de su país.
Este llamado
fue similar al que recibió un joven hace miles de años, su nombre era Samuel (1
Samuel 3:1-15). Al inicio él no se había dado cuenta de quién lo estaba
llamando, ni siquiera después de repetidos intentos; y en este caso, el llamado
venía de alguien mucho más grande e importante que cualquier presidente ya que
era Dios mismo quien lo llamaba, y no fue sino hasta que Elí le dijo que Dios
mismo lo estaba llamando, que Samuel creyó y escuchó.
Hoy, Dios habla
por medio de su Palabra escrita: la Biblia (2ª Timoteo 3:16-17), y a través del
Espíritu Santo que mora en nosotros, quien nos capacita y guía para hacer su
voluntad (1ª Corintios 2:9-16).
2. Dios le sigue hablando a quienes están
dispuestos a leer su Palabra y tienen un corazón dispuesto para ser guiados por
su Espíritu Santo.
MD/HG -
(DEVOCIONAL DIARIO “MI DEVOCIONAL”)


