“Bendito sea el
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda
consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones. De esta manera, con la consolación con que
nosotros mismos somos consolados por Dios, también nosotros podemos consolar a
los que están en cualquier tribulación” 2ª Corintios 1:3-4 (Leer: Job 22:1-30)
Es normal que
al pasar por tiempos de prueba y adversidad, sintamos culpa y percibamos que
algo anda mal debido a un error que cometimos.
Si bien es cierto siempre es bueno hacerse un autoexamen con completa
honestidad, no debemos recriminarnos constantemente por nuestras faltas y
fracasos pasados, si ya hemos pedido perdón a Dios por ellos y en su momento
también pedimos perdón a las personas que herimos.
Tampoco debemos
dejar que otros traten de hacernos sentir culpables, recordándonos errores
pasados cuando pasamos por momentos problemáticos. Ese fue el error de los amigos de Job, en
este caso el de Elifaz, aunque acertó al decirle a Job que cuando hacemos lo
correcto, sólo estamos haciendo lo que Dios requiere y por tanto no deberíamos
esperar alabanza, ni recompensa de parte de Dios (Job 22:3). Esto muestra que
Elifaz tenía un conocimiento de las normas morales basadas en el conocimiento
de Dios; sin embargo, se equivocó al insistir en que el origen de los problemas
de Job, era el resultado de su propia maldad (Job 22:5). También cometió un
error al asegurarle que Dios lo bendeciría y le daría alivio inmediato si se
arrepentía del “error” que estaba cometiendo.
La mayoría de
nuestros problemas son el resultado de nuestros propios errores; pero, nunca
debemos olvidar que Dios usa esas pruebas para que aprendamos lecciones
valiosas para nuestro crecimiento, y también nos prepara para poder ayudar a
otros cuando enfrentan problemas similares. El mismo apóstol Pablo, confirma
este principio al escribirnos en 2ª Corintios 1:3-4, que Dios le consolaba en
sus pruebas para que él pudiese consolar también a otros.
1. La vida siempre estará llena de
circunstancias y pruebas; cuando se nos presenten, no concluyamos de inmediato
que son por culpa de un pecado. Oremos al Señor y pidamos su guía y consuelo
para entender cuál es el origen de esos problemas; si después de hacer ese
autoexamen no hayamos un origen, pidamos a Dios fortaleza para no desfallecer y
confiar aún más en que Dios tiene todo el control de su plan perfecto. Con ello
seremos capaces de ser de ayuda, cuando otros enfrenten problemas o cuando tengan
que esperar con esperanza en la misericordia del Señor.
2. Dios puede transformar las pruebas en
triunfos.
MD/HG -
(DEVOCIONAL DIARIO “MI DEVOCIONAL”)


