“… nos ha dado
preciosas y grandísimas promesas…” 2ª Pedro 1:4 (Leer: 2ª Pedro 1:1-9)
Mi hija menor y yo tenemos un juego al que llamamos
«Pellizcadores». Cuando ella sube la escalera, yo la persigo y trato de darle
un pequeño pellizco. Las reglas son que solamente puedo pellizcarla (con
suavidad, por supuesto) si está en la escalera. Cuando llega arriba, está a
salvo. Pero, a veces, no tiene ganas de jugar, y si la persigo, dice enojada:
«¡Nada de pellizcadores!». Y yo contesto: «Nada de pellizcadores, lo prometo».
Esta promesa puede parecer una tontería, pero, cuando
hago lo que digo, mi hija empieza a entender algo de mi carácter. Experimenta que soy consecuente; que lo que
digo es cierto y que puede confiar en mí. Cumplir esa promesa parece
insignificante, pero las promesas —o el cumplirlas, debería decir— son los
eslabones de los vínculos, y establecen un fundamento de amor y confianza.
Pienso que Pedro quiso decir eso al escribir que las
promesas de Dios nos permiten «ser participantes de la naturaleza divina» (2ª
Pedro 1:4). Cuando le tomamos la palabra a Dios, confiando en lo que dice de Él
y de nosotros, conocemos su corazón. Puede revelarnos su fidelidad cuando
descansamos en su verdad. Doy gracias porque sus promesas son recordatorios
concretos de que «nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana»
(Lamentaciones 3:22-23).
Señor, gracias por cumplir tus promesas.
La Palabra de Dios nos revela su corazón para con
nosotros.
(La Biblia en
un año: Éxodo 1–3 — Mateo 14:1-21)
BRENT HACKETT -
(DEVOCIONAL “NUESTRO PAN DIARIO")


