NUESTRA CRUZ NO DEBERÍA HACERNOS INDIFERENTES
1. Pablo ha descrito ampliamente esta
lucha espiritual de los creyentes contra sus emociones naturales de pensar,
mientras tratan de conducirse con paciencia y moderación: “Que estamos
atribulados en todo, más no estrechados, en apuros más no desesperados,
perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2ª Cor. 4:8-9).
Es evidente que el hecho de llevar la cruz pacientemente no significa que nos
endurezcamos a nosotros mismos, que no sintamos ninguna pena. De acuerdo a los
filósofos estoicos, un hombre noble es alguien que ha dejado de lado su
humildad, y que no permite que le afecte ningún tipo de adversidad ni
prosperidad, ni siquiera el gozo o la pena, sino que actúa tan fríamente como
una roca. ¿Qué provecho hay en esta orgullosa sabiduría? Estos filósofos han
representado una imagen de la paciencia que nunca ha sido encontrada entre los
hombres y que, por otra parte, no puede existir, y en su deseo de encontrar esa
clase de paciencia tan singular, la han quitado de la vida humana.
2. Actualmente hay entre los cristianos
modernos algunos estoicos que piensan que está mal llorar y gemir, y aun
lamentarse en su soledad. Estas opiniones vienen generalmente de hombres que
son más soñadores que prácticos, y quienes, en secuencia, no pueden producir
nada más que fantasías.
3. Nosotros no compartimos las opiniones
de una filosofía tan rígida y dura, a la cual nuestro Señor y Maestro Jesús ha
condenado en palabra y ejemplo. Nuestro Salvador ha gemido y llorado por sus
propios martirios, y por los de los demás seguidores, y enseñó a sus discípulos
a comportarse ante las mismas de forma diferente. El Señor dijo: “De cierto, de
cierto os digo, que vosotros llorareis y os lamentareis, y el mundo se
alegrará; vosotros os entristeceréis...” Y para que ningún hombre llame a la
tristeza un vicio, Él ha pronunciado una bendición sobre aquellos que gimen.
4. Y no es para maravillarse, pues si Él
condena todas las lagrimas, ¿qué podríamos pensar entonces de Aquel cuyo cuerpo
brotaron lagrimas de sangre? Si cada temor fuera rotulado como incredulidad, ¿qué
nombre le daríamos a la ansiedad de la cual leemos en la Escritura que sumió a
nuestro Señor en una profunda tristeza? Si toda pena es desagradable, ¿cómo
podríamos estar complacidos con la confesión de que Su alma estaba triste, “hasta
la muerte”? (Ver Juan 16:20; Mat. 5:5; Luc. 22:44)
JUAN CALVINO - (DEV. "EL LIBRO DE ORO DE LA
VERD.")


