miércoles, 24 de enero de 2018

Libro de Oro 24 enero






NUESTRA CRUZ NO DEBERÍA HACERNOS INDIFERENTES


1. Pablo ha descrito ampliamente esta lucha espiritual de los creyentes contra sus emociones naturales de pensar, mientras tratan de conducirse con paciencia y moderación: “Que estamos atribulados en todo, más no estrechados, en apuros más no desesperados, perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2ª Cor. 4:8-9). Es evidente que el hecho de llevar la cruz pacientemente no significa que nos endurezcamos a nosotros mismos, que no sintamos ninguna pena. De acuerdo a los filósofos estoicos, un hombre noble es alguien que ha dejado de lado su humildad, y que no permite que le afecte ningún tipo de adversidad ni prosperidad, ni siquiera el gozo o la pena, sino que actúa tan fríamente como una roca. ¿Qué provecho hay en esta orgullosa sabiduría? Estos filósofos han representado una imagen de la paciencia que nunca ha sido encontrada entre los hombres y que, por otra parte, no puede existir, y en su deseo de encontrar esa clase de paciencia tan singular, la han quitado de la vida humana.


2. Actualmente hay entre los cristianos modernos algunos estoicos que piensan que está mal llorar y gemir, y aun lamentarse en su soledad. Estas opiniones vienen generalmente de hombres que son más soñadores que prácticos, y quienes, en secuencia, no pueden producir nada más que fantasías.


3. Nosotros no compartimos las opiniones de una filosofía tan rígida y dura, a la cual nuestro Señor y Maestro Jesús ha condenado en palabra y ejemplo. Nuestro Salvador ha gemido y llorado por sus propios martirios, y por los de los demás seguidores, y enseñó a sus discípulos a comportarse ante las mismas de forma diferente. El Señor dijo: “De cierto, de cierto os digo, que vosotros llorareis y os lamentareis, y el mundo se alegrará; vosotros os entristeceréis...” Y para que ningún hombre llame a la tristeza un vicio, Él ha pronunciado una bendición sobre aquellos que gimen.


4. Y no es para maravillarse, pues si Él condena todas las lagrimas, ¿qué podríamos pensar entonces de Aquel cuyo cuerpo brotaron lagrimas de sangre? Si cada temor fuera rotulado como incredulidad, ¿qué nombre le daríamos a la ansiedad de la cual leemos en la Escritura que sumió a nuestro Señor en una profunda tristeza? Si toda pena es desagradable, ¿cómo podríamos estar complacidos con la confesión de que Su alma estaba triste, “hasta la muerte”? (Ver Juan 16:20; Mat. 5:5; Luc. 22:44)



JUAN CALVINO - (DEV. "EL LIBRO DE ORO DE LA VERD.")









TRADUCCIÓN