“Pero Dios, quien es rico en misericordia, a causa
de su gran amor con que nos amó” Efesios 2:4 (Leer: Job 23:1-17)
Nadie lo
dudaba, Job era un buen hombre, temía a Dios, ayudaba a los que estaban en
necesidad y se enfrentaba a los que hacían el mal. Sin embargo, este gran
hombre cometió un error al tener un concepto muy alto de sí mismo, y esto lo
confirman constantemente los versos que hoy leímos en Job 23:2-10, donde él
expresa que si Dios lo escuchara de la manera que lo hace un juez, podría
concluir que es inocente y tan puro como el oro. Podemos pensar que esta última
declaración en el verso 10 resulta un tanto pretenciosa, pero al mismo tiempo
de esta forma hubiera podido probar que las acusaciones de Elifaz eran falsas
(Job 22:5).
Finalmente Dios
confrontó a Job, haciéndole ver su pequeñez delante de Él, “Cíñete, pues, los
lomos como un hombre; yo te preguntaré, y tú me lo harás saber” (Job 38:3). A
partir de este verso, el Señor proporciona toda una serie de pruebas para
ubicar a Job en su posición como siervo de Dios, delante del Todopoderoso. Job finalmente guarda silencio y su
espíritu recibe una lección de humildad del mismo Dios, admitiendo con ello
que había actuado con ignorancia, “Por tanto, me retracto y me arrepiento en
polvo y ceniza” (Job 42:6).
Siempre será
una tentación tener un concepto más alto de nosotros mismos, que el que
debemos; pero cuando esto ocurre, lo que corresponde es recordar nuestra
posición de siervos y sobre todo de pecadores, que inmerecidamente fuimos
perdonados por la infinita gracia de Dios.
1. Cuando el orgullo aparezca recuerda al
Hijo de Dios muriendo por ti clavado en la cruz, tu arrepentimiento por los
errores cometidos y la felicidad que sientes debido a la nueva vida en Cristo
que tienes hoy.
2. No merecemos nada, pero Dios nos ha
dado todo: perdón y amor aunque no lo merezcamos.
MD/HG -
(DEVOCIONAL DIARIO “MI DEVOCIONAL”)


