“Cristo, el cual es Dios sobre todas las
cosas, bendito por los siglos.” Romanos 9:5
“Cristo Jesús... hecho semejante a los
hombres... se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y
muerte de cruz.” Filipenses 2:7-8
(Leer 2 Samuel 3:1-21 – Mateo 25:1-30
– Salmo 21:1-7 – Proverios 8:17-21)
Durante una
tempestad en el lago de Tiberias, Jesús dormía en la popa de la barca, como
cualquier hombre cansado. Pero un momento después se levantó como el Dios
poderoso a quien el viento y el mar obedecen (Marcos 4:36-41). Asombrados, sus
discípulos vieron el poder divino reemplazar a una apariencia de debilidad
humana.
La Biblia
establece con igual fuerza la divinidad y la humanidad de Jesús. Este es un
misterio ante el cual nos inclinamos sin comprender. Por un lado, Cristo es
Dios, el Enviado del Padre, y por el otro, él es la simiente de la mujer
(Génesis 3:15).
Jesucristo fue
perfectamente Dios y perfectamente hombre, desde su nacimiento hasta su
crucifixión. Es imposible separar sus dos naturalezas. Esa unión de su
humanidad y su divinidad se manifestó desde el nacimiento de nuestro Señor.
Siendo “nacido de mujer” (Gálatas 4:4), fue concebido por el Espíritu Santo en
el cuerpo de una virgen elegida por Dios (Lucas 1:35). Se hizo “semejante a los
hombres”, sin embargo siguió siendo “Dios... manifestado en carne” (1ª Timoteo
3:16).
Como todo
hombre, nuestro Señor Jesucristo tuvo sed, hambre, se cansó (Hebreos 2:17-18).
Se hizo semejante a un hombre para poder socorrer a los hombres en todas sus
angustias. Pero al mismo tiempo era Dios soberano, como lo demostraban los
milagros y prodigios que hacía, y como lo probó su resurrección (Romanos 1:4).
(Mañana
continuará)
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


