“¡Dichosos todos los que honran al Señor! ¡Dichosos los que van por sus caminos! ¡Dichoso serás, y te irá bien, cuando te alimentes del fruto de tu trabajo!” Salmo 128:1-2
Hubo un tiempo
en la historia de nuestra nación en el que era un gran cumplido que alguien le
dijera a uno que era "temeroso de Dios". Hoy la frase suena no solo
arcaica y anacrónica, sino también risible. ¿"Temeroso de Dios",
dices? ¿A qué dios le temes? Y ¿qué es lo que temes? Si hay un
"Dios", debe ser puro amor; por lo tanto, no hay nada que temer.
Alguna vez, en
la era premoderna, todos sabían que Dios era el rey supremo. Es cierto que él
volverá a juzgar al mundo. Los hechos son hechos; por lo tanto, vive una vida
temerosa de Dios. Luego comenzó la era de la Ilustración del siglo XVIII, y el
hombre pasó de temer a Dios a confiar en el poder de la razón por sobre
cualquier concepto de Dios. Hoy, en nuestro mundo posmoderno, hemos perdido
toda esperanza de que la razón por sí sola pueda establecer un estándar
universal de justicia para la humanidad.
¿Qué nos queda
entonces? Un malestar general de desesperación. Cada uno debe buscar su manera
de deambular por la vida eligiendo y definiendo sus propios valores, realidades
y ética. El Dios premoderno se convirtió en el Dios moderno moldeado y
controlado por la razón, solo para descubrir ahora que es inútil. ¡Qué
inteligente se ha vuelto el hombre! ¿Temerle a Dios? Creo que no. El hombre
posmoderno teme solo una cosa. ¿He tomado suficientes decisiones buenas como
para sacarle la máxima diversión a la vida antes de morir y disolverme en el
universo hasta no ser nada?
La Sagrada
Escritura lo ve de otra forma: "¡Dichosos todos los que honran al Señor!
¡Dichosos los que van por sus caminos!" (Salmo 128:1). Esta es una
declaración de la realidad eterna. Todos aquellos que temen al Señor
disfrutarán del fruto de su labor con una multitud de bendiciones en esta vida.
Todos aquellos que no temen al Señor, aquellos que están perdidos en una
ilusión miope de narcisismo y que buscan los placeres de la vida sin pensar en
el futuro descubrirán, en el momento en que sus almas se liberen de sus
cuerpos, que el Dios al que no temieron en esta vida ahora está ante ellos para
exigir cuentas. No será un momento agradable.
El temor de
Dios es más que un sentimiento especial de asombro o reverencia. Es también el
temor de pecar en la presencia del Dios que lo ve todo. "No seas sabio en
tu propia opinión; teme al Señor y apártate del mal. Él será la medicina de tu
cuerpo; ¡infundirá alivio a tus huesos!" (Proverbios 3:7-8). ¿Temer a
Dios? ¿Por qué? ¿Por qué alejarse de cualquier mal que parezca agradable a la
carne? Simplemente por amor, solo por eso.
¿Pueden los
padres sostener a su niño recién nacido en sus brazos y no llenarse de amor?
Imagina que eres el padre de Jesús recién nacido y, temeroso de Dios, lo
sostienes en tus brazos por primera vez. ¡El amor desborda! ¡La alegría fluye
como una cascada desde el cielo! Ahora imagina a tu hijo, tu recién nacido, ya
crecido... colgando de una cruz, brutalmente golpeado, abandonado a la muerte.
Tu corazón se rompería en mil pedazos, incapaz de seguir viviendo. Pero gracias
a Dios, ¡el niño de Belén vive! ¡Cristo ha resucitado! Estamos redimidos.
Dichosos los que temen y aman al Señor de esta manera. Este es el temor y el
incomprensible amor de Dios que salva tu alma.
ORACIÓN. Padre celestial, a través de la
preciosa cruz de tu querido Hijo, magnifica tu gracia en mi vida para que
diariamente camine de acuerdo con tu Palabra. En el nombre de Jesús. Amén.
Dr. Mark
Schreiber
PARA EL CAMINO – (DEVOCIONAL “ALIMENTO DIARIO”)


