“Guarda silencio ante el Señor, y espera
en él. Encomienda al Señor tu camino, y confía en él; y él hará.” Salmo 37:7, 5
(Leer 1 Samuel 18 – Mateo 15:1-20 – Salmo
16:1-6 – Prov. 4:14-19)
A la edad de
veintiocho años, un amigo decidió aprender a nadar solo. Al principio hacía una
sucesión de movimientos y esfuerzos desordenados, que rápidamente lo llevaban a
hundirse. Después de varios fracasos terminó por dirigirse a un entrenador de
natación, quien desde la primera lección le enseñó a hacer la plancha. El
aprendiz nadador se sorprendió mucho al ver que el agua lo llevaba, ¡sin que él
tuviera necesidad de hacer esfuerzos!
A menudo sucede
lo mismo con la conversión. Debemos constatar que todos nuestros esfuerzos para
obtener la salvación de nuestra alma son inútiles. Es preciso volvernos a
Cristo. Uno se abandona, tal como es, a su gracia; entonces recibe el perdón
que él concede a todo el que acude al Señor confesando sus pecados.
¡Y en la vida
diaria, cuánta energía desplegamos para arreglar solos los múltiples problemas
que encontramos! Nos inquietamos, nos preocupamos. Debemos aprender a poner todo en las manos de Dios, y a obrar en su
comunión. Lo que conviene hacer es:
– Orar y
esperar: “El Señor... oye la oración de los justos” (Proverbios 15:29). “De
mañana me presentaré delante de ti, y esperaré” (Salmo 5:3).
– No dudar de
su poder ni de su amor: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay
pensamiento que se esconda de ti” (Job 42:2). “A los que aman a Dios, todas las
cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28).
– Estar seguros
de que él se ocupa sin cesar de nosotros: “En tu mano están mis tiempos” (Salmo
31:15).
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


