Muchas personas viven sus vidas intentando
superarse más allá de sus fuerzas, aspirando impactar a los demás, sobrepasando
las demandas y las exigencias que los demás propongan. De esta manera se
autodisciplinan y se exigen a sí mismos. Se
entregan en una competencia con sus propias pretensiones más allá de sus
fuerzas. Están, por ejemplo, quienes quieren ser las mejores madres o los
mejores padres, quienes quieren tener la casa más limpia, quienes pretenden que
sus hijos sean los más exitosos y que obtengan el mejor puntaje. Hasta en el
plano ministerial se da el mismo caso, al punto de servir a mis propias
pretensiones dentro de la obra de Dios que servir en verdad al Dios de la obra.
Tal vez a ti esto te suene loable, positivo, digno de imitar, pero en verdad
lleva enmascarado un grave peligro.
La Biblia es clara al decir que “ninguno tenga
más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura...”
(Romanos 12:3). También invita a hacer todo lo que esté al alcance
de tu mano, pero según tus fuerzas. La comparación, la competitividad que
caracteriza a este siglo, el orgullo, la vanidad y el egoísmo de querer
mostrarse, muchas veces es la verdadera motivación de cada uno de estos
emprendimientos. Dios no te pide que seas el mejor, tampoco que el conformismo
y la mediocridad sea tu estilo de vida. Dios pide tu corazón, pide que seas
consciente de la medida de fe que Dios repartió a cada uno, y que vivas de acuerdo
a eso aceptando el diseño de Dios para tu vida. Quizás hay cosas que no podrás
hacer, pero sí hay muchas que otros no puedan hacer y tú sí. Vive feliz con las
capacidades y los recursos que Dios te dio y disfruta de la vida.
PENSAMIENTO DEL DÍA. ¿Sirvo, en verdad, al Dios de la obra, o sirvo a mis
propias pretensiones dentro de la obra de Dios?
MIN.
LA BIBLIA DICE – (DEVOCIONAL
“UNA PAUSA EN TU VIDA”)


