“¡Oh, si rompieses los cielos, y
descendieras…!” Isaías 64:1 (Leer Isaías 64:1-8)
Hace poco, mientras una amiga me contaba que
había abandonado su fe, escuché una queja conocida: ¿Cómo puedo creer en un
Dios que parece no hacer nunca nada? Esta pregunta desgarradora aparece en la
mayoría de nosotros en un momento u otro, cuando leemos noticias sobre
violencia y sobrellevamos nuestras propias tristezas. La angustia de mi amiga
revelaba cuánto necesitaba que Dios actuara a su favor; un anhelo que
probablemente todos hayamos experimentado.
Israel también conocía el tema. El Imperio
babilónico la había aplastado y había convertido Jerusalén en escombros
humeantes. El profeta Isaías expresó en palabras la oscura duda del pueblo:
¿Dónde está el Dios que supuestamente debía rescatarnos? (Isaías 63:11-15). Pero incluso desde allí, Isaías también
elevó una valiente oración: Dios, «si rompieses los cielos, y descendieras»
(64:1). En lugar de alejarlo de Dios, su dolor y tristeza lo llevaron a
acercarse a Él.
Nuestras dudas y problemas ofrecen un don
extraño: revelan lo perdidos que estamos y cuánto necesitamos que Dios obre a
nuestro favor. Ahora vemos la historia maravillosa: En Jesús, Dios ciertamente
rompió los cielos y descendió. Cristo entregó su cuerpo roto para poder
asombrarnos con su amor. En Jesús, Dios está cerca.
Señor, te necesito. ¿Podrías romper los cielos y descender?
¿Sobre qué interrogantes o dudas tienes que hablar con Dios?
(La Biblia en un año: Éxodo 21–22
— Mateo 19)


