“Y el Señor extendió su mano, me tocó la
boca y me dijo: «Yo, el Señor, he puesto mis palabras en tu boca. Date cuenta
de que este día te he puesto sobre naciones y reinos, para que arranques y
destruyas, para que arruines y derribes, para que construyas y plantes.»”
Jeremías 1:9-10
¡Pobre
Jeremías! Imagina ser un joven, probablemente un adolescente, y que Dios te
imponga tal responsabilidad: ser un profeta con el poder de afectar el destino
de las naciones y los reinos. Debe haber sido aterrador. No es de extrañar que Jeremías
se quisiera zafar, diciendo: "¡Ay, Señor! ¡Ay, Señor! ¡Date cuenta de que
no sé hablar! ¡No soy más que un muchachito!".
Pero Dios no lo
iba a permitir: "No digas que sólo eres un muchachito, porque harás todo
lo que yo te mande hacer, y dirás todo lo que te ordene que digas. No temas
delante de nadie, porque yo estoy contigo y te pondré a salvo." (Jeremías
1: 6-8)
Puede que no
enfrentemos exactamente las mismas presiones que Jeremías, pero tenemos nuestras
propias responsabilidades. Quizás seamos padres o abuelos a cargo de pequeñas
vidas humanas. O quizás seamos maestros o mentores de algún tipo, responsables
de guiar las mentes y acciones de las personas a nuestro cuidado. Quizás seamos
empleadores o gerentes, afectando el sustento de los que están bajo nosotros. O
quizás hacemos un trabajo que afecta la salud pública o el bienestar financiero
de las personas cuyo dinero manejamos. Incluso hasta podríamos ser funcionarios
de gobierno que tomamos decisiones que afectan nuestra vida en común.
Sea cual sea
nuestra responsabilidad, es común y útil que nos sintamos como Jeremías:
"No estoy a la altura de esta tarea, Señor. No soy suficiente".
Tenemos razón al sentirnos así, porque es verdad. No somos suficientes. No
podemos, en nosotros mismos, hacer el trabajo que Dios nos ha confiado.
Pero miremos lo
que Dios hizo con Jeremías: le tocó la boca, que simbolizaba el trabajo que
Jeremías estaría haciendo, y dijo: "Yo te llamé ... Yo te envío ... Yo
estoy contigo para librarte". Jeremías no iba a llevar a cabo su
ministerio por su cuenta. Tampoco nosotros estamos haciendo nuestro trabajo por
nuestra cuenta. Dios nos ha dado algo aún mayor que nuestras responsabilidades:
Su presencia, Su guía y Su protección.
Por supuesto
que nos ponemos nerviosos cuando empezamos una nueva responsabilidad. Pero
Jesús está con nosotros. Él ya ha andado por donde debemos andar ahora y ha
sido responsable no solo por una persona o un grupo de personas, sino por toda
la humanidad. Cuando vino a la tierra para salvarnos, el destino de la raza
humana estaba sobre sus hombros. Y al colgar de la cruz, en su hora más débil,
soportó la carga de la culpa del pecado de todos nosotros para que, a través de
su muerte, pudiéramos ser salvos. La responsabilidad fue solo suya. Ahora que
ha resucitado de entre los muertos y vive para siempre junto al Padre, no cabe
duda de que pueda ayudarnos con las nuestras.
ORACIÓN. Querido Señor Jesús, ayúdame con las
responsabilidades que me has asignado, para que tú mismo puedas manejarlas a
través de mí. Amén.
Dra. Kari Vo
PARA EL CAMINO – (DEVOCIONAL “ALIMENTO DIARIO”)


