“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la
verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” Juan 14:6
“Para esto he venido al mundo, para dar
testimonio a la verdad.” Juan 18:37
(Leer 1 Samuel 7-8 – Mateo 8:23-34 –
Salmo 7:9-17 – Prov. 3:7-8)
«Siempre amé la
verdad, nos contó Nicole. Desde que tengo memoria, la buscaba. En mi
adolescencia esta búsqueda se transformó en una sed insaciable. ¿Cómo
apaciguarla? Me volví hacia la filosofía y la sicología. Sin embargo, fue
decepcionante: terminé mis estudios y no encontré la verdad. Todo me parecía
relativo y triste. No creía más en Dios, la vida me parecía vacía y absurda.
Fue entonces
cuando una colega cristiana me manifestó su amistad. Ella había notado mi
tristeza, y tener contacto con ella me hizo bien. Poco a poco mi ateísmo
tambaleó. La oración y la lectura de la Biblia (el Antiguo Testamento, porque
soy judía) se convirtieron en la mano tendida para mí. Una mano que me sacó de
las tinieblas para conducirme a una luz llena de esperanza.
Sin embargo el nombre de Jesucristo me detenía.
¿Podía ser él el Mesías anunciado? Finalmente decidí leer también el Nuevo
Testamento. Mi razón se negaba a creer la menor frase. Durante horas llamé a
Dios pidiéndole socorro. De repente dos palabras penetraron profundamente en mi
alma: Jesucristo, la verdad. No era un sistema filosófico, ni una religión,
sino una persona.
Por primera vez
en mi vida oré en el nombre de Jesús, el Hijo de Dios. Nunca olvidaré la luz,
el gozo y la paz que penetraron en mi ser. Acababa de hallar la entrada a la
casa de mi Padre, de mi Dios, para nunca más dejarla».
Jesús dijo: “Yo
soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá
la luz de la vida” (Juan 8:12).
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


