viernes, 11 de enero de 2019

Las estaciones 11 enero





Durante mucho tiempo tuve la impresión de que había cierta oposición entre el amor a uno mismo y la virtud cristiana de la humildad. Mi antigua interpretación de la humildad exigía que la persona negase rotundamente todo lo bueno acerca de sí misma y que centrara toda su atención consciente en las faltas y los fallos personales. Pero no dejaba de tener la sensación de que se trataba del camino hacia la autodestrucción psicológica.

Por eso me encantó descubrir que uno de los Padres de la Iglesia, san Ambrosio, obispo de Milán de finales del siglo IV, tenía una idea muy diferente acerca de la humildad, puesto que afirmaba que la «expresión perfecta de la humildad» se encuentra en el Magníficat de María, la madre de Jesús.

Según los evangelios, el contexto fue el siguiente: la prima de María, Isabel, estaba a punto de dar a luz (a Juan el Bautista), y era costumbre entre los judíos que todos los parientes de sexo femenino visitaran a la futura madre para ayudarla en el momento del parto. Yo sospecho que además de querer ayudarla, María estaba también ansiosa por compartir el secreto en su seno con su prima. En todo caso, poco después del anuncio del ángel, María emprendió un viaje de ciento veinte kilómetros desde Nazaret a Ain Karim, un barrio situado al suroeste de Jerusalén. Cuando María llegó, Isabel se quedó sorprendida: «¿A qué debo el honor de que la madre de mi Señor venga a visitarme?» Podemos perfectamente imaginar que María abrazó cariñosamente a su prima y le explicó:

«Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre» (Lucas 1:46-49). –De THE CHRISTIAN VISION.



JOHN POWELL – (DEV. “LAS ESTACIONES DEL CORAZÓN”)









TRADUCCIÓN