Durante mucho
tiempo tuve la impresión de que había cierta oposición entre el amor a uno
mismo y la virtud cristiana de la humildad. Mi antigua interpretación de la
humildad exigía que la persona negase rotundamente todo lo bueno acerca de sí
misma y que centrara toda su atención consciente en las faltas y los fallos
personales. Pero no dejaba de tener la sensación de que se trataba del camino
hacia la autodestrucción psicológica.
Por eso me
encantó descubrir que uno de los Padres de la Iglesia, san Ambrosio, obispo de
Milán de finales del siglo IV, tenía una idea muy diferente acerca de la
humildad, puesto que afirmaba que la «expresión perfecta de la humildad» se
encuentra en el Magníficat de María, la madre de Jesús.
Según los evangelios, el contexto fue el siguiente:
la prima de María, Isabel, estaba a punto de dar a luz (a Juan el
Bautista), y era costumbre entre los judíos que todos los parientes de sexo
femenino visitaran a la futura madre para ayudarla en el momento del parto. Yo
sospecho que además de querer ayudarla, María estaba también ansiosa por
compartir el secreto en su seno con su prima. En todo caso, poco después del
anuncio del ángel, María emprendió un viaje de ciento veinte kilómetros desde
Nazaret a Ain Karim, un barrio situado al suroeste de Jerusalén. Cuando María
llegó, Isabel se quedó sorprendida: «¿A qué debo el honor de que la madre de mi
Señor venga a visitarme?» Podemos perfectamente imaginar que María abrazó
cariñosamente a su prima y le explicó:
«Engrandece mi
alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto
los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas
el Poderoso, Santo es su nombre» (Lucas 1:46-49). –De THE CHRISTIAN VISION.
JOHN POWELL – (DEV. “LAS ESTACIONES DEL CORAZÓN”)


