“Porque todos los que son guiados por el
Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” Romanos 8:14 (Leer
Romanos 8:8-17)
En una reunión en la iglesia a la que asistí
con mis padres, siguiendo la costumbre, nos tomamos de las manos mientras
recitábamos juntos el Padrenuestro. Mientras estaba así, con mi madre a un lado
y mi padre al otro, me impactó la idea de que siempre sería su hija. Aunque ya
soy adulta, todavía me pueden llamar «la hija de Leo y Phyllis». Entonces,
reflexioné que no solo soy hija de ellos, sino que siempre seré también hija de
Dios.
El apóstol Pablo quería que los creyentes de
la iglesia de Roma entendieran que su identidad consistía en haber sido
adoptados en la familia de Dios (Romanos 8:15). Como habían nacido del Espíritu
(v. 14), ya no tenían que ser esclavos de cosas intrascendentes. Al tener el
Espíritu, eran «herederos de Dios y coherederos con Cristo» (v. 17).
Para aquellos que siguen a Cristo, ¿qué diferencia marca
esto? Muy simple: ¡todo es diferente!
Nuestra identidad como hijos de Dios nos proporciona un fundamento sólido y
moldea la manera en que vemos el mundo y a nosotros mismos. Por ejemplo: saber
que somos familia de Dios nos ayuda a dejar la zona de confort, para seguirlo a
Él. También nos libera de buscar la aprobación de los demás.
¿Por qué no meditas hoy en lo que significa
ser un hijo de Dios?
Señor, ayúdame a poner en práctica mi identidad como hijo tuyo, mostrando tu
amor y esperanza.
Todos los que siguen a Dios muestran que son sus hijos.
(La Biblia en un año: Éxodo 4–6 — Mateo 14:22-36)


