“He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi
escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi
Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni
la hará oír en las calles.” Isaías 42:1-2
Este pasaje
trata completamente sobre Jesús. El Espíritu Santo se había movido sobre el
profeta Isaías para traer una revelación de cómo sería Cristo cuando venga y la
imagen que surge de estos versículos es clara: Cristo no vendría con un fuerte
clamor o ruido. Más bien, vendría como un Salvador tierno y amoroso.
Leemos el
cumplimiento de la profecía de Isaías en Mateo 12:14, donde vemos a los
fariseos planeando matar a Jesús porque había sanado a un hombre en el día de
reposo. Cuando Jesús se enteró de esto, “se apartó de allí”. No tomó
represalias ni intentó vengarse, aunque pudo haber enviado a una legión de
ángeles para enfrentar a sus enemigos en el acto.
Este espíritu
tierno, dice Mateo, revela el cumplimiento de la profecía de Isaías: “No
contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz” (Mateo 12:19).
Entonces, ¿qué hizo Jesús después de retirarse silenciosamente de Jerusalén? La Palabra dice que inmediatamente salió de
la ciudad y continuó sanando a todos los que se agolpaban sobre él: “Le
siguió mucha gente, y sanaba a todos” (12:15).
Jesús instruyó
a la gente: “No le digan a nadie acerca de los milagros que ven”. Incluso
después de sanar a dos hombres ciegos, Cristo les dijo que no lo contaran
(Mateo 9:30). Verás, Jesús no quería que la gente lo siguiera por sus milagros.
Él quería su devoción porque sus tiernas palabras habían capturado sus
corazones.
Jesús quería
que todos, incluidas todas las generaciones futuras, supieran que él vino al
mundo como un Salvador: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar
al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17). Hoy, enfócate
en el amor del Salvador y su gran dádiva de salvación para toda la humanidad.
DAVID WILKERSON – (DEVOCIONAL DIARIO “ORACIONES”)


