“… Dios envió a su Hijo […] a fin de que
recibiésemos la adopción de hijos.” Gálatas 4:4-5 (Leer
Gálatas 4:1-7)
Me alegra cuando un filántropo construye un
orfanato para niños sin hogar, y me emociona aún más cuando una persona adopta
a uno de ellos. La mayoría de los huérfanos estarían encantados con simplemente
tener a alguien que los apadrine. Pero saber que esa persona no sólo quiere
ayudarlo, sino que también lo quiere a él. ¿Cómo se sentirá?
Si eres hijo de Dios, ya lo sabes, porque te
ha sucedido. No podríamos quejarnos si Dios tan solo nos hubiese amado tanto y
enviado a su Hijo para que no pereciéramos, para que tuviésemos vida eterna (Juan
3:16). Esto ya habría sido suficiente para nosotros, pero no para Dios. Él
«envió a su Hijo […] para que [nos] redimiese», pero no como un objetivo en sí
mismo, sino «a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Gálatas 4:4-5).
Cuando el apóstol Pablo se refiere a nosotros como
«hijos», alude a una práctica habitual de su época. Lo que está diciendo es que ahora, todos los que ponen
su fe en Cristo se convierten en «hijos» de Dios con los mismos derechos de
herencia (v. 7).
Dios no solo quiere salvarte. Te quiere a ti. Te ha adoptado en su familia; te ha dado su nombre (Apocalipsis 3:12), y con
orgullo, te llama su hijo. Nada ni nadie más importante podría amarte más. Eres
hijo de Dios; tu Padre te ama.
¡Padre, qué privilegio llamarte así! Gracias
por salvarme y quererme.
No solo has sido salvado, también eres amado.
(La Biblia en un año: Éxodo 25–26
— Mateo 20:17-34)


