“Enójense, pero no pequen; no se ponga
el sol sobre su enojo.” Efesios 4:26 (Leer Efesios 4:25-32)
El ruido
estridente de la alarma que provenía del interior de la casa provocó pánico en
mi corazón. Había llegado temprano a mi casa y pretendía pasar un momento paz y
quietud antes de que otros miembros de mi familia llegaran de sus ocupaciones
laborales y escolares.
La razón por la
cual estaba sonando la alarma antirrobos, es que había olvidado desactivarla
cuando entre a la casa, al minuto de haber entrado, la alarma de activó
automáticamente, sugiriendo que había un intruso no bienvenido en nuestra casa. Por supuesto todo el vecindario se dio cuenta
y muchos de ellos salieron a investigar (curiosear) sobre el motivo de aquella
ruidosa activación.
La ira actúa de
una forma muy similar, al encontrarnos disfrutando de nuestras pacíficas vidas,
algo alerta inesperadamente nuestro espíritu y se activa la alarma. Al pasar esto nuestra paz interior y la
tranquilidad de los que nos rodean, se ve interrumpida por el estruendo de
nuestras emociones que en algunos casos son explosivas.
En ocasiones
muy contadas la ira se convierte en un llamado de atención ante una injusticia
que estamos presenciando y que debe atenderse para encontrar la solución a la
situación equivocada que estamos evidenciando. No obstante, en la mayoría de
los casos, la ira aparece porque creemos que alguien o algo está violentando
nuestras expectativas, derechos o privilegios, con lo cual se enciende
egoístamente nuestra ira.
Cualquiera que
sea la circunstancia, lo importante es determinar qué fue lo que activó esa
alarma y tratar de calmarnos para responder de una manera controlada y
equilibrada: “La suave respuesta quita la ira, pero la palabra áspera aumenta
el furor” (Proverbios 15:1). Debemos tener presente una verdad, la ira no debe
prolongarse, debe ser controlada, tal como lo dice el salmista: “Tiemblen y no
pequen. Reflexionen en su corazón sobre su cama y estén en silencio” (Salmos
4:4).
1. Debemos recordar la advertencia del
apóstol Pablo: “Enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre su enojo.
(Efesios 4:26).
2. Una ira descontrolada es siempre una
causa de alarma.
3. La calma es un regalo de Dios. El
dominio propio nos permite valorar calmadamente todas nuestras decisiones, este
debe ser uno de nuestros regalos para Él.
HG/MD – (DEVOCIONAL DIARIO “MI DEVOCIONAL”)


