“Y
Uzías preparó para todo el ejército escudos, lanzas, yelmos, coseletes, arcos,
y hondas para tirar piedras. E hizo en Jerusalén máquinas inventadas por
ingenieros, para que estuviesen en las torres y en los baluartes, para arrojar
saetas y grandes piedras. Y su fama se extendió lejos, porque fue ayudado
maravillosamente, hasta hacerse poderoso. Mas cuando ya era fuerte, su corazón
se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en
el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso. Y entró tras
él el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes de Jehová, varones
valientes. Y se pusieron contra el rey Uzías, y le dijeron: No te corresponde a
ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de
Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario, porque has
prevaricado, y no te será para gloria delante de Jehová Dios. Entonces Uzías,
teniendo en la mano un incensario para ofrecer incienso, se llenó de ira; y en
su ira contra los sacerdotes, la lepra le brotó en la frente, delante de los
sacerdotes en la casa de Jehová, junto al altar del incienso.” 2ª Crónicas
26:14-19
El rey Uzías llegó al poder cuando tenía 16
años de edad y, al igual que su padre Amasías, “hizo lo recto ante los ojos de
Jehová”, dice 2 Crónicas 26:4. Era temeroso de Dios y condujo a la nación a una
larga era de prosperidad. Su fama se difundió mucho, pero aparentemente prestó
mucha atención a los que elogiaban su “grandeza”, y como consecuencia “su
corazón se enalteció”, dice el pasaje de hoy. En su orgullo quiso asumir el
papel de sacerdote, “entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el
altar del incienso.” Pero este puesto Dios lo había reservado para los
descendientes de Aarón, y por ese acto de jactancia y autosuficiencia el Señor
lo afligió con lepra, y fue leproso hasta el día de su muerte. Su orgullo y su
afán de grandeza lo llevaron a la ruina.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Harry
Truman se convirtió en presidente de los Estados Unidos cuando murió Franklin
Delano Roosevelt. Truman dijo que se sentía como si le hubiera caído un gran
peso encima y pidió a todos que oraran por él. Sam Rayburn, un viejo amigo de
Truman, consciente de la debilidad humana le dijo: “Te van a decir lo grande
que eres, Harry, pero tú y yo sabemos que no lo eres.” Ciertamente no hay
hombres ni mujeres que sean realmente grandes. Sólo hay un Dios grande y
todopoderoso que permite a algunos sobresalir y ser líderes eficaces y
exitosos. Estar conscientes de esto impedirá que nos vanagloriemos si alguien
nos exalta o nos dice lo “grandes” que somos. Solamente Dios es verdaderamente
grande y digno de alabanza.
Cuando los discípulos Jacobo y Juan se
acercaron a Jesús pidiéndole que en su gloria les concediera sentarse uno a su
derecha y el otro a su izquierda (Marcos 10:37), el Señor les dijo: “Cualquiera
de vosotros que desee llegar a ser grande será vuestro servidor, y cualquiera
de vosotros que desee ser el primero será siervo de todos. Porque ni aun el
Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en
rescate por muchos.” Por eso después de su resurrección Dios le exaltó hasta lo
sumo, dice Filipenses 2:9.
Es posible que deseemos en algún momento
sobresalir por encima de los demás ya sea en los estudios, en el trabajo, en la
iglesia o en cualquier otro grupo del que formemos parte. Y eso está muy bien,
pues debemos buscar la excelencia en todo lo que hagamos. Pero no debemos
olvidar que por nuestras propias fuerzas no obtendremos ningún éxito duradero,
pues separados del Señor nada podemos hacer, afirma Jesús en Juan 15:5. Debemos
buscar la ayuda de Dios en todo lo que hagamos y agradecerle a él por todo lo
que logremos. Si no lo hacemos corremos el peligro de llenarnos de orgullo y
enaltecernos a nosotros mismos, y esto puede traernos malas consecuencias. Por
eso debemos reflexionar en la enseñanza de hoy y ponerla en práctica en nuestras
vidas. Tengamos siempre presente la advertencia de Jesús en Mateo 23:12: “El
que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”
ORACIÓN. Padre
Santo, te ruego pongas en mí un espíritu de humildad para que mi corazón no se
enaltezca ni haya en mí afán de grandeza. Por favor, ayúdame a agradarte
siempre en todo lo que yo haga y darte a ti siempre la gloria y la honra por
todos mis éxitos. En el nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE SANZ -
(DEVOCIONAL DIARIO “DIOS TE HABLA”)


