“…
Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas…” Romanos 4:7 (Leer Lucas 15:11-24)
Cuando estaba en la universidad, un verano trabajé en una
hacienda en Colorado. Una tarde, cansado y con hambre después de un largo día
cortando heno, conduje el tractor al depósito. Actuando como el superhombre que
creía ser, giré el volante con toda la fuerza hacia la izquierda, apreté a
fondo el freno e hice girar el tractor sobre su eje.
La segadera estaba sin subir y cortó las patas que
sostenían un tanque de combustible de casi 1.900 litros que
estaba cerca. El tanque hizo un ruido terrible al caer al suelo, los costados
se abrieron y todo el combustible se derramó.
El dueño estaba cerca observando toda la escena…
Bajé del tractor, balbuceé una disculpa y —como fue lo
primero que me vino a la mente— me ofrecí a trabajar gratis el resto del
verano.
El viejo
ranchero miró el desastre por un instante y empezó a caminar hacia la casa. «Vamos a cenar», dijo lentamente.
Un fragmento de una historia que relató Jesús me pasó por
la mente; la de un joven que había hecho algo terrible. «Padre, he pecado contra
el cielo y contra ti», exclamó. E intentó agregar: «Hazme como a uno de tus
jornaleros», pero su padre lo interrumpió, y en esencia, le dijo: «Vamos a
cenar» (Lucas 15:17-24).
Tal es la gracia asombrosa de Dios.
Padre, te alabamos por tu gracia y tu perdón, y por la
paz y la libertad al ser tus hijos.
¡Qué privilegio ser hijos e hijas del Rey!
(La Biblia en
un año: Ezequiel 30–32 — 1ª Pedro 4)


