“(Jesucristo) llevó él mismo nuestros
pecados en su cuerpo sobre el madero (de la cruz).” 1ª Pedro 2:24
(Leer Josué 7 –
Hebreos 9:1-14 – Salmo 127 – Prov. 28:1-2)
Cada creyente
puede decir con gozo y convicción: Jesucristo llevó mis pecados en la cruz.
¡Qué riqueza hay en estas pocas palabras!
Él mismo llevó
a cabo la obra expiatoria. Sufrió el juicio del Dios justo y santo, el castigo
que merecían nuestras faltas. Nadie, ni ángel, ni hombre podía cumplir esta
obra, excepto el Hijo de Dios hecho hombre.
Él llevó
nuestros pecados en la cruz. El Señor Jesús no murió por una idea o una
doctrina. ¡No, él dio su vida por nosotros! Cada una de nuestras malas
acciones, nuestros malos pensamientos, palabras necias, etc., todo cayó sobre
ese divino Sustituto. Tomó sobre sí, en nuestro lugar, nuestros desvíos,
nuestros crímenes y sus consecuencias ante Dios.
Los llevó en su cuerpo. Solo porque era hombre pudo
sufrir y morir por los hombres. Dios hizo caer sobre él, como si él
fuese culpable, el castigo que nosotros merecíamos.
La expresión
sobre el madero hace alusión a la cruz donde, durante tres horas tenebrosas,
sufrió el castigo que merecíamos. Su vida perfecta no podía salvarnos, sino el
hecho de que “Cristo murió por nuestros pecados” (1ª Corintios 15:3).
Llevó nuestros
pecados. ¡Qué carga cayó sobre él! ¡Qué terrible fue el abandono de su Dios
cuando Cristo soportó el castigo debido a nuestras ofensas! Sobre esta obra
perfecta descansan la seguridad de nuestra salvación, la paz para nuestra
conciencia y las promesas de bendición de nuestro Dios.
Jesucristo,
“habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo,
se sentó a la diestra de la Majestad” (Hebreos 1:3).
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


