“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás
la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni
cosa alguna de tu prójimo.” Éxodo 20:17
“La concupiscencia, después que ha concebido, da a
luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.” Santiago
1:15
(Leer Josué 3 – Hebreos 6 – Salmo 123 – Proverbios 27:17-18)
El décimo
mandamiento quizá sea el más radical de todos. Resalta claramente la dimensión
interior de la Ley, que no solo condena las acciones y las palabras, sino que
va a la raíz: la codicia. Esta puede expresarse mediante una acción o
permanecer escondida, pero ante todo es una actitud del corazón.
La codicia
consiste en desear lo que no nos pertenece, aquello que Dios estima que no es
útil darnos. Este mandamiento pone directamente el dedo en las raíces
materialistas de nuestra cultura, y en su búsqueda del placer. Los medios de
comunicación y la publicidad se esfuerzan para provocar la codicia, para
mantenernos en una insatisfacción permanente.
No es malo
desear que nuestro negocio prospere, recibir el salario por nuestro trabajo o
la ayuda necesaria para satisfacer nuestras necesidades. Lo malsano es la codicia, querer adquirir un bien simplemente porque
otra persona lo posee. ¿Por qué luchamos sin cesar para tener más de lo que
necesitamos? Nuestro materialismo y egoísmo favorecen la indiferencia hacia los
pobres, tanto los que nos rodean como los de todo el mundo.
La codicia nos
hace esclavos del pecado y ahoga el mensaje de la Palabra de Dios. ¡Incluso los
creyentes pueden vivir dominados por ella! ¡Solo el Espíritu Santo nos puede
liberar de su influencia! El apóstol Pablo escribió: “He aprendido a
contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11).
(Continuará el
próximo miércoles).
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


