“Entre lo santo y lo profano no hicieron
diferencia.” Ezequiel 22:26
“Entonces... discerniréis la diferencia... entre el
que sirve a Dios y el que no le sirve.” Malaquías 3:18
“Bienaventurado tú... ¿Quién como tú... salvo por
el Señor?” Deuteronomio 33:29
(Leer Jer. 39 – 1ª Cor. 14:1-19 – Salmo 104:5-13
– Prov. 22:26-27)
En la misma
casa se hallaban un general del ejército –Naamán, muy estimado por el rey de
Siria porque había salvado a su pueblo en la guerra– y una muchacha israelita
sin recursos, cautiva en un país extranjero, sierva de la esposa de Naamán (2
Reyes 5). ¿Quién era más feliz? El oficial, dirá usted. Pues no. La joven tenía
un tesoro que Naamán no poseía: la fe en su Dios. Y ella deseaba dar a conocer
ese Dios a sus amos, porque es el Dios Salvador.
Muchos años
después, en Cesarea, algunos grandes de este mundo se reunieron para escuchar,
con curiosidad, cómo se defendería un acusado. Allí estaban Festo, gobernador
de Judá, el rey Agripa y Berenice (Hechos 25:23). Delante de ellos estaba un
prisionero cristiano. Los primeros volvieron a sus placeres, y el apóstol
Pablo, escoltado, volvió a la prisión donde permanecería durante varios años.
Pero leamos lo que escribió desde el fondo de sus sucesivos calabozos: “Me
gozo, y me gozaré aún” (Filipenses 1:18). Más tarde, en una carta a Timoteo, le
dice: “Todos me desampararon... Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio
fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles
oyesen... A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén” (2 Timoteo
4:16-18).
¿Quién era más
feliz? No era el rey ni el gobernador, sino Pablo quien les dijo: “¡Quisiera
Dios que por poco o por mucho... fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas
cadenas!” (Hechos 26:29).
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL "LA BUENA
SEMILLA")


