“Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra
de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Éxodo
20:1-3
“Todos los dioses de los pueblos son ídolos; pero
el Señor hizo los cielos.” Salmo 96:5
(Leer Jer. 44 – 2ª Cor. 1 – Salmo 105:7-15 – Prov.
23:6-8)
El pueblo de
Dios había estado cautivo en Egipto. Explotados duramente, estaban heridos y
afligidos debido al decreto del Faraón que ordenaba matar a todos los niños
varones que naciesen. Dios vio su desesperación e intervino para liberarlos
mediante milagros extraordinarios. Con bondad los protegió hasta su total
liberación: sus opresores fueron tragados por el mar Rojo (Éxodo 14).
Inmediatamente
después, ese pueblo cantó su liberación y adoró al Dios que lo había salvado
(Éxodo 15).
El primer
mandamiento concierne a la adoración exclusiva a Dios: “No tendrás dioses
ajenos delante de mí”. ¿Por qué tenía que precisarlo? Ese Dios único que
acababa de liberarlos, ¿no cautivaría el corazón de cada uno?
¡Todo lo
contrario! En el momento en que Dios daba sus mandamientos a Moisés en la
montaña, abajo, en la llanura, ¡el pueblo hacía un ídolo, un becerro de oro,
imagen de un dios egipcio, para adorarlo!
Para nosotros
hoy, Egipto es el mundo que nos oprime debido a su dureza, nos seduce mediante
sus codicias, nos ata mediante sus ídolos y nos destruye por sus adicciones. El
Faraón es el diablo, el príncipe de este mundo.
Dios intervino
para abrirnos un camino de libertad, mucho más maravilloso que el de los
tiempos de Moisés, simplemente mediante la fe en Jesucristo. Si usted aceptó ir
por ese camino, si Jesús lo salvó, ¿a quién adora hoy, quién es su Dios?
(Continuará el
próximo miércoles)
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL "LA BUENA
SEMILLA")


