“Por eso eres inexcusable, hombre, tú que juzgas,
quienquiera que seas, porque al juzgar a otro, te condenas a ti mismo, pues tú,
que juzgas, haces lo mismo.” Romanos 2:1 (Leer Romanos 2:1-11)
Aquí Pablo
habla sobre aquellos que juzgan a otros. El apóstol saca a relucir dos puntos
sobre esta gente: Primero, dice que esta gente sabe la diferencia entre el bien
y el mal; de otro forma no se atreverían a juzgar. El segundo punto que
presenta Pablo sobre esta gente es que son culpables porque están haciendo la
misma cosa ellos mismos. Los jueces son tan culpables como lo son las personas
que tienen en juicio.
Cuando la gente
moral, aquellos que toman orgullo en un grado de justicia y un estándar de
ética, leen una declaración como esta, les sorprende. “¿A qué te refieres?
¿Cómo puede ser eso?” Me uso a mí mismo como ejemplo, simplemente porque soy un
ejemplo tan excelente de lo que somos el resto de nosotros. Veo tres maneras en
las que intento eludir el hecho de que soy culpable de lo que acuso a otros de
hacer:
Primero, soy congénitamente ciego hacia mis propias
faltas. No veo que estoy haciendo las mismas cosas que otros están haciendo, y
sin embargo otras personas pueden ver lo que estoy haciendo. Todos tenemos
estos puntos ciegos. Una de las más grandes mentiras de nuestra edad es la idea
de que podemos conocernos a nosotros mismos. A menudo argumentamos: “¿No crees
que me conozco a mí mismo?”. La respuesta es: “No, no te conoces a ti mismo.
Estás ciego a grandes partes de tu vida”. Puede haber áreas que son muy
hirientes y pecaminosas, de las cuales no eres consciente.
Me pillé a mí
mismo el otro día diciéndole a alguien: “¡Relájate! ¡Tómatelo con calma!”. Sólo
fue después que oí mi propia voz y me di cuenta de que no estaba relajado y no
me lo estaba tomando con calma yo mismo. ¿Alguna vez les has dado un sermón a
tus hijos sobre el pecado de la postergación? ¿Y después apenas entregaste tus
impuestos a tiempo, o los entregaste totalmente tarde? ¡Qué ciegos estamos! Estamos
congénitamente ciegos hacia muchas de nuestras propias faltas. Somos
efectivamente culpables de hacer las mismas cosas que acusamos a otros de
hacer.
Una segunda
forma en la que intentamos eludir el hecho de que somos culpables de las mismas
cosas que acusamos a otros de hacer es al cómodamente olvidar que lo que hemos
hecho estaba mal. Es posible que estuviéramos más al tanto de nuestro pecado en
el momento pero, de alguna forma, simplemente asumimos que Dios lo va a
olvidar. No tenemos que reconocerlo de ninguna forma; Él simplemente se
olvidará de ello. Al desvanecerse el pecado de nuestra memoria, pensamos que se
desvanece de la Suya así mismo. Considera nuestros pensamientos. En el sermón
del monte aprendemos que si albergamos un sentimiento de animosidad y de odio
hacia alguien, entonces somos culpables de asesinato, tal y como si hubiéramos
cogido un cuchillo y lo hubiéramos clavado en el pecho de la persona. Pensamos
que estas cosas pasarán desapercibidas, pero Dios las ve en nuestro corazón. Él
ve todas las acciones que hemos cómodamente olvidado. Nosotros, que condenamos
estas cosas en otros, nos encontramos culpables de las mismas cosas. No es
extraordinario que cuando otros nos maltratan siempre pensamos que es una cosa
muy seria y que requiere corrección inmediata. Pero cuando nosotros maltratamos
a otros, les decimos: “¡Estás haciendo una montaña de un grano de arena!”.
La tercera
manera en la que tratamos de eludir el hecho de que somos culpables de las
mismas cosas de las que acusamos a otros es al ingeniosamente renombrar las
cosas. Otra gente miente y hace trampas; nosotros simplemente estiramos la
verdad un poco. Otros traicionan; nosotros simplemente estamos protegiendo
nuestros derechos. Otros roban; nosotros tomamos prestado. Otros tienen
prejuicios; nosotros tenemos convicciones. Otros asesinan y matan; nosotros
explotamos y arruinamos. Otros violan; nosotros polucionamos. Clamamos: “¡Esa
gente debería ser apedreada!”. Jesús dice: “El que de vosotros esté sin pecado
sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Si, somos
culpables de las mismas cosas que acusamos a otros de hacer.
ORACIÓN. Padre, gracias porque eres el Dios de
la verdad. Tú no engañas; Tú dices la verdad franca, rigurosa, desnuda, para
que pueda saber exactamente lo que soy y lo que puedo hacer sobre ello.
Sálvame, Señor, de la locura de intentar proteger y racionalizar y justificar
estas áreas de maldad en mi vida. Concédeme la gracia para confesar y ser
perdonado.
APLICACIÓN PARA LA VIDA. ¿Cuáles son
tres consideraciones personales que necesitamos tomarnos en serio antes de
juzgar el pecado de otros? ¿Somos abiertos y honestos a la convicción del
Espíritu Santo y a la instrucción de la Palabra en cuanto a nuestros pecados
personales del corazón y la mente?
RAY STEADMAN - (DEV. "EL PODER DE SU
PRESENCIA")


