“… todos vosotros
sois uno en Cristo Jesús.” Gálatas 3:28 (Leer Juan 4:7-14, 39-42)
Donde vivo, las casas están rodeadas de paredes altas de
cemento; incluso, con alambre de púas electrificado en la parte superior, para
impedir que entren ladrones.
Los cortes de electricidad también son un problema en la
comunidad, lo que hace que los timbres de las casas no funcionen. Debido a las
paredes y los cortes, un visitante puede quedar bajo el sol abrazador o la
lluvia torrencial sin ser visto. Además, aunque el timbre funcione, depende de
quién llame para que se le permita entrar. Esas paredes tienen un buen
propósito, pero pueden convertirse en muros de discriminación.
La mujer samaritana a quien Jesús encontró junto al pozo
enfrentaba una discriminación parecida. Los judíos no se trataban con los
samaritanos. Cuando Jesús le pidió de beber, ella dijo: «¿Cómo tú, siendo
judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?» (Juan 4:9). Cuando
fue sincera con Él, su vida experimentó un cambio que afectó de manera positiva
a ella y a sus vecinos (vv. 39-42). Jesús se convirtió en el puente que echó
abajo las paredes de hostilidad y favoritismo.
La tentación a discriminar es real, y debemos
identificarla en nuestras vidas; pero, como Jesús, podemos alcanzar a todos,
independiente-mente de la nacionalidad, estatus social o reputación.
Señor, ayúdame a ver a las personas a través de tus ojos.
Jesús echa abajo los muros de la discriminación.
(La Biblia en
un año: Salmos 146–147 — 1ª Corintios 15:1-28)
LAWRENCE
DARMANI - (DEVOCIONAL “NUESTRO PAN DIARIO")


