“Mirad cuál
amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios... Amados,
ahora somos hijos de Dios.” 1ª Juan 3:1-2
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” Romanos 5:5
(Leer Jer. 40 – 1ª Cor. 14:20-40 – Salmo 104:14-18
– Prov. 22:28)
¡Qué título!
¿Quién podría pretender tenerlo? Dios lo da a todos los que reciben a Jesús
como su Salvador, tal como mis padres me dieron sus apellidos cuando nací.
La Biblia nos
dice: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad
de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de
voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12-13). Los
que creen en Jesús nacen de nuevo. Reciben su vida, la vida eterna. Dios los
llama sus hijos.
Dios desea que
manifestemos los mismos caracteres que él. Él es luz (1ª Juan 1:5), y nos pide
que andemos “como hijos de luz” (Efesios 5:8). También es amor (1ª Juan 4:8), y
el Espíritu Santo derrama su amor en nuestros corazones (Romanos 5:5) para que
lo vivamos en todas nuestras relaciones, sobre todo con nuestros hermanos y
hermanas de la familia de Dios.
También existe
una casa familiar en la que todos los hijos de Dios vivirán un día; esta es la
casa del Padre (Juan 14:2).
Una gran
herencia espera a todos los que componen la familia. Dicha herencia está
“reservada en los cielos” (1ª Pedro 1:4), y no puede desaparecer ni perder su
valor.
Pero lo más
hermoso de todo es que tengo un Padre que me ama incondicionalmente y siempre
vela sobre mí. “El Padre mismo os ama” (Juan 16:27).
¿Pertenece
usted a esta familia?
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL "LA BUENA
SEMILLA")


