Las
experiencias de conversión a menudo son emocionales porque son nuevas e
increíblemente especiales. ¡Qué maravilloso ser liberado del pecado y la
esclavitud y lanzado a una nueva vida en Cristo!
Nuestro
crecimiento espiritual temprano es como un niño aprendiendo a caminar. Es
emocionante cuando un bebé da sus primeros pasos y hay mucho aliento y
algarabía. Pero poco después de que comienza a caminar, ya no es el centro de
atención; y cuando comienza a arrancar las plantas y hacer desorden en toda la
casa, él es disciplinado, aunque con cuidado; y las cosas ya no son tan
emocionantes.
Tu crecimiento espiritual es similar. Cuando eras
un bebé en el Señor, sentías que Dios te prestaba atención especial y los que
te rodeaban te alentaban incansablemente. Sin embargo, no deberías quedarte
como un niño para siempre. Parte del proceso de madurez implica vivir por fe y
debes aprender a pararte en la Palabra de Dios.
Imagínate cuán
perdido estarías si tu salvación en realidad dependiera de tus sentimientos.
Pablo nos insta: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está
delante” (Filipenses 3:13). Nunca debes apoyarte en experiencias
emocionales pasadas. Lo que importa hoy es que confíes en sus promesas.
“Por medio de
las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas
llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la
corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2ª Pedro 1:4).
Pedro deja en claro que obtenemos la naturaleza de Cristo, al echar mano de las
promesas del pacto de Dios, y no por otros medios. Él trae renovación y unción
fresca a nuestras vidas, pero debemos mantener una vida de fe en que él
cumplirá sus promesas para con nosotros.
“Y a aquel que
es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su
gloria con gran alegría … sea gloria y majestad” (Judas 24-25).
DAVID WILKERSON - (DEVOCIONAL DIARIO “ORACIONES”)


