“… no hay
griego ni judío, […] siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.”
Colosenses 3:11 (Colosenses 3:9-17)
De niño, en la década de 1950, nunca cuestioné el racismo
ni la segregación que inundaban la vida en la ciudad donde vivía. En escuelas,
restaurantes, transporte público y vecindarios, las personas de diferente color
de piel estaban separadas.
Mi actitud cambió en 1968, cuando ingresé al programa de
entrena-miento del ejército. Nuestra compañía incluía jóvenes de muchas culturas
diferentes, y pronto, aprendimos que necesitábamos entendernos y aceptarnos
unos a otros, trabajar juntos y cumplir nuestra misión.
Cuando Pablo le escribió a la iglesia de Colosas, sabía
de la diversidad entre sus miembros. Por eso, les recordó: «donde no hay griego
ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre,
sino que Cristo es el todo, y en todos» (Colosenses 3:11). Ante las diferencias, tanto superficiales como profundas, que podrían
dividirlos, los instó: «Vestíos […] de entrañable misericordia, de
benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (v. 12); y sobre todo, a
vestirse «de amor, que es el vínculo perfecto» (v. 14).
Poner en práctica estos principios suele ser algo
progresivo, pero es lo que Jesús nos llama a hacer. Sobre la base del amor,
nuestro común denominador, procuramos comprensión, paz y unidad en el cuerpo de
Cristo.
Señor, une nuestros corazones en amor.
El amor de Cristo crea unidad en medio de la diversidad.
(La Biblia en
un año: Génesis 36–38 — Mateo 10:21-42)
DAVID C.
MCCASLAND - (DEVOCIONAL “NUESTRO PAN DIARIO")


