miércoles, 31 de enero de 2018

Libro de Oro 31 enero





NO DEBERÍAMOS TEMER A LA MUERTE, SINO LEVANTAR NUESTRAS CABEZAS


1. Es terrible ver que muchos, que se jactan de ser cristianos, en lugar de anhelar la muerte, están tan llenos de temor, que tiemblan aun a su sola mención como si fuera la mayor calamidad que pudiese caer sobre ellos. No debiéramos de sorprendernos si nuestros sentimientos naturales se pusieran en actitud de alarma al oír hablar de nuestra separación de esta vida temporal. Sin embargo, es intolerable que no haya suficiente luz y devoción en el corazón del cristiano para suprimir todo ese temor con una consolación que lo sobrepase por amplio margen. Si consideramos que este cuerpo inestable, depravado, corruptible, desdeñable, frágil y corrupto será desecho, para que pueda luego ser restaurado y transformado en uno perfecto, eterno, incorruptible y lleno de gloria celestial, ¿no debería, entonces nuestra fe inducirnos a desear ardientemente aquello que nuestra mente natural tanto teme? Si recordamos que por medio de la muerte somos llamados de vuelta del exilio a nuestro verdadero hogar, ¿no se llenará nuestro corazón de consolación?


2. Pero, como se ha dicho, no hay nada en este mundo que no quiera ser permanente. Por esta razón, hemos de mirar adelante hacia la inmortalidad futura, donde podremos obtener una estabilidad de vida tal como no es posible encontrar en esta tierra. Pablo enseña claramente a los creyentes a tener un santo anhelo con respeto a la muerte, no para ser despojados de este cuerpo, sino para ser revestidos con las nuevas vestiduras de la inmortalidad. ¿Es posible que los animales y el resto de la creación, apercibidos de su vanidad presente, estén guardando la resurrección de aquel día para ser librados de la vanidad junto con los hijos de Dios; y nosotros, dotados de la razón y con la luz superior del Espíritu Santo y conscientes de nuestra existencia futura, no seamos capaces de elevar nuestras mentes por encima de la corrupción de este mundo?


3. Sin embargo, no creo necesario o aconsejable para mi propósito presente discutir contra una ridiculez tan extrema como el miedo a la muerte. En el principio ya he declarado que no entraría en una discusión complicada sobre los tópicos vulgares. Yo persuadiría a esos corazones temerosos a que leyeran el tratado de Cipriano sobre la Mortalidad, a menos que merezcan hablar con los filósofos, para que se sonrojen cuando descubran cómo los paganos desprecian a la muerte. Declaramos, pues, positivamente, que nadie ha hecho ningún progreso en la escuela de Cristo, a menos que espere gozosamente el día de su muerte y de la resurrección final.


4. Pablo pone esta señal en todos los creyentes, y cuando la Escritura desea darnos un motivo para que sintamos un auténtico gozo, nos llama a menudo la atención hacia ella. “Erguidos y levantad vuestra cabeza”, nos dice el Señor, “porque vuestra redención está cerca”. ¿Es razonable esperar que las cosas que el Señor planeó para que nos den felicidad y nos eleven a un éxtasis espiritual sean motivo de pena y consternación? Si éste es nuestro caso, ¿por qué, entonces, seguimos gloriándonos en Él como nuestro Maestro? Volvamos, pues, a un sano juicio, soportando la oposición de los ciegos y necios deseos de nuestra carne. No dudemos en anhelar ardientemente Su segunda venida, como el acontecimiento más deseable e inspirador de todos. No solamente hemos de desear la venida de nuestro Señor, sino gemir y esperar (el día del juicio; añadido en la versión en francés). El vendrá otra vez como un Salvador, para librarnos de este torbellino sin fin de maldades y miserias, y nos guiará a la herencia bendita de Su vida y gloria. (Ver 2ª Cor. 5:4; Tito 2:13: Luc. 21:28)



JUAN CALVINO - (DEV. "EL LIBRO DE ORO DE LA VERD.")









TRADUCCIÓN