“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en
mí y yo en él.” Juan 6:56 (Lea: Juan 6:41-59)
Estas palabras
tan maravillosas representan lo que aparentemente era una afirmación muy
ofensiva para estos judíos. Hasta a nosotros, si tomamos Sus palabras
literalmente, nos lo parece. El hablar sobre comer la carne humana y beber la
sangre humana les resulta repugnante a muchas personas. Evidentemente los que
estaban escuchando a Jesús se sintieron de este modo. Se puede oír el cinismo
en sus voces: “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne? ¿Qué cree que
somos, caníbales?”. Esto resultaba de lo más ofensivo a los judíos porque
durante siglos les habían enseñado que Dios no quería carne en la que
permaneciese aún sangre. La palabra “kosher” significa limpiar y se refiere en
particular a la preparación de la carne. Los judíos no pueden comer ninguna
carne a la que no se le haya escurrido la sangre.
Pero por medio
de estas palabras nuestro Señor revela la absoluta necesidad de recibir Su
vida: “De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre
y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Eso es inequívoco, ¿no es así?
No se puede dudar en cuanto a lo que Él está diciendo. Esto es absolutamente
esencial para la vida real. Si usted no tiene esto, se encuentra usted
deslizándose hacia la corrupción definitiva y la muerte total. Lo más que puede
usted hacer es sencillamente preservar su vida durante un tiempo y mantener a
la muerte alejada, pero la muerte es inevitable a menos que conozca usted al
que da la vida. A continuación Jesús muestra cómo esa vida es real: “porque mi
carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Es la verdadera
clase de vida que Dios nos tiene reservada a nosotros.
Este compartir
de la vida con Jesús, más adelante en este evangelio se convierte en el tema
del aposento alto. Yo no creo que se pueda encontrar ningún tema más exaltado,
más asombroso que este de compartir la vida entre Jesús y nosotros: “Vosotros
en mí y yo en vosotros” (Juan 14:20). Estas son palabras muy sencillas, pero
entender lo que significan es entender la esencia misma de la verdad: “tú en mí
y yo en ti”, que refleja el hambre universal de intimidad.
El sexo es el
acto físico más íntimo, que es una manera de compartir la vida juntos. El sexo
se ha descrito adecuadamente como “el deseo de fusionarse”. Eso es lo que
sucede físicamente hablando, pero también sucede desde el punto de vista
psicológico. La amistad es una forma de sexualidad o de intimidad. Cuando usted
es un amigo, ¿qué es lo que hace? Le cuenta usted a su amigo lo que ha estado
haciendo y le pregunta a él o a ella lo que ha estado haciendo, compartiendo
sus secretos. Ese es el impulso por fusionarse a nivel psicológico.
Cuando pensamos
en la grandeza, en la gloria y en la maravilla de Dios, ¿qué es lo que
deseamos? La verdadera adoración es el deseo de fusionarse con Dios,
permitiendo que Él se apodere de nosotros y nosotros de Él. Esto es lo que dice
Jesús que sucede cuando comemos y bebemos de Su vida. Cuando nosotros venimos y
creemos en Él, y continuamos acudiendo y creyendo en Él, desarrollamos una
relación íntima con Dios.
Jesús ha
modelado esto para nosotros: “De la misma manera que el Padre viviente me envió
y yo vivo por medio del Padre [este es el secreto de Su vida], también aquel
que me come vivirá por medio de mí”. Esta es una descripción maravillosa de la
vida cristiana. Jesús vivía por medio del Padre, y también nosotros debemos
vivir por medio de Él en todo lo que hacemos.
ORACIÓN. “Tú en mí y yo en ti”; eso es lo que
quiero sentir más, Señor. Ayúdame para que continúe acudiendo a Ti y confiando
en Ti para que proveas todo cuanto necesito.
APLICACIÓN PARA LA VIDA. ¿Qué aspecto
tiene nuestra relación con Jesús? ¿Es la relación íntima que Jesús desea para
todos los cristianos, vosotros en mí y yo en vosotros?
RAY STEADMAN - (DEV. "EL PODER DE SU
PRESENCIA")


